23 de febrero de 2013

Para ella, ¿todo?


En numerosos discursos encontramos odas a la mujer, aunque quizá fue el arte, desde su propia condición de sublevación, uno de los primeros campos en visibilizarla públicamente.
Sin embargo, las mujeres representadas que gozaban de su desnudez y de su carácter cuasi etéreo, contrastan con los cuerpos maltratados y cansados por la fábrica. Porque fue recién cuando el interés económico imperante se vio agotado de fuerza de trabajo para sostener el impulso industrial que las mujeres fueron sacadas del espacio privado adonde se las había confinado para participar de la esfera pública.
Pero Eva no fue nunca una mujer sumisa y la contracara de la participación fue el reclamo, la movilización y la cooperación. Miles de trabajadoras lucharon por sus derechos en un mundo gobernado por el sentido común patriarcal y machista.
Hoy, a pesar de los avances con respecto a la participación en la vida política, social y cultural, la condición de opresión del género femenino sigue intacta, o peor aún, más agravada, difusa y diversificada. Los mecanismos de control se han hecho ínfimos, a tal punto que son difíciles de discernir. Los postulados del mundo machista se hicieron carne en nosotras y forman parte de nuestras actividades cotidianas. Hoy se silencia a la mujer complaciéndola con una estrategia inclusiva del discurso que tiende a hacerla sentir parte, a exponer los abusos que sufre sin hacer nada concreto para solucionarlos. Citar (y repudiar) el caso de Marita Verón no hace más que confirmar estas suposiciones.
Pero cuidado, cuidado con las formas de reivindicación, cuidado con el espectáculo de la política y la política como espectáculo. Porque corremos con el riesgo de responder en el imaginario a una reivindicación histórica de la cual la política no se hace cargo. De lo contrario no existirían mujeres secuestradas y privadas de su identidad, no existirían esclavas, ni quienes tuviesen que vender su cuerpo por dinero, no existiría la violencia simbólica, los piropos abusivos, la cosificación de su cuerpo, la desigualdad de acceso y oportunidades.
Entonces, otra vez: cuidado. Hagamos silencio y no nos dejemos silenciar por el discurso que nombra sin asumir. No nos compremos el marketing de las rosas, los bombones y los osos de peluche. No nos conformemos con maquillajes que no dejan más que entrever que siempre fuimos el “segundo sexo”. Pero eso sí, y aunque a muchos mal que les pese, la lucha continúa.


11 de octubre de 2012

Sexo, discurso y política


Una mujer de vientre hinchado que teje escarpines rosas en el asiento de adelante del bondi; ése que le dejaste porque tu súper yo no se calla nunca.
Un tipo con ojeras azules y movimientos apurados que compra una remerita extra small de River para que “Juani” sea, desde el principio, del equipo del papá.
Escenas cotidianas que nos demuestran que nuestro cuerpo, “desde la panza”, ya está cargado de sentido. Hay algo que ya nos dice cómo ser antes de que seamos, antes de que podamos diferenciarnos de esa mujer que nos teje los escarpines y de ese hombre que nos pone una remera. Cosas que, por más boludas que parezcan, quedan impregnadas en la carne en forma de hábitos; influyen en la construcción de nuestra personalidad: nos habilitan ciertas conductas y nos prohíben otras; implican expectativas (ajenas) que casi nunca coinciden con las propias y que nos hacen acostarnos año tras año en un diván de Palermo. Porque en las cosas más simples, en ésas que ni siquiera exigen de nosotros una reflexión previa al hacer, está esa significación, la que nos empapa, la que nos define como sociedad autocreada.
Desde chicos se nos asigna un juguete antes de que podamos elegirlo; juguete que es diferente si sos “nena” o “nene”. Escuchamos frases del estilo: “¿Cómo vas a dejar que el pibe se TE disfrace de mujer?, te va a salir puto”; o “No eructes, nena… ¡sos una mujercita!”.
Sí, sí… Todos pasamos por estas cosas aunque no nos acordemos, tengamos reprimidos los desvíos por dónde no teníamos que ir, o simplemente no se los contemos a nadie. Siempre hicimos algo que se suponía que no teníamos que hacer. Por suerte.
La cuestión se hace más engorrosa cuando estas diferencias de género que encontramos en múltiples situaciones de una juguetería cualquiera, se presentan de otra manera a nivel discursivo. Porque ésta es la era de la “igualdad de género”, ¿o no? Es la era de las mujeres que caminan con tacos altos queriendo comerse el mundo, sin darse cuenta que lo hacen en una góndola de súpermercado y para comprar jugo clight.
Estamos acostumbrados a escuchar la referencia al “todos y todas”, no sólo representativa del discurso “inclusivo” del gobierno, sino –principalmente- de una característica propia del posmodernismo en el que están empapados nuestros cuerpos, nuestros hábitos… hábitos que no hacen más que terminar reproduciendo una división  de género que discrimina, encasilla, limita y circunscribe a cada uno en lo que es antes de ser. Y eso es una forma de control social, no nos engañemos.
Hablamos a nivel general, reconocemos a nivel discursivo la diferencia, “abrimos el debate”, criticamos el rol de la mujer como ama de casa, pero… ¿cuál es la diferencia entre aquella mujer que se representaba en las publicidades gráficas de los ´50 delante de un televisor, y aquella que camina entre las góndolas vestida para ir a tomar el té por Recoleta? ¿Se ha volcado realmente la balanza?
Yo creo que no. Ya no es sólo una mujer madre, sino que ahora es una mujer profesional, decidida, independiente, físicamente hermosa más allá del cansancio, los chicos y el trabajo… Siempre radiante, siempre lista para seguir (produciendo, claro). Es una mujer súperheroe, incluso más héroe que cualquier hombre, porque las cosas se le hacen más difíciles, porque las facetas en donde se la reclama son cada vez más y con una mayor exigencia.
En ese contexto… ¿es realmente libre? Yo creo –paradójicamente- que a pesar de que hoy en día los ámbitos en los que se desarrolla son cada vez más, su “esclavitud” no sólo sigue intacta, sino que se empeora. Se la presiona desde la publicidad, desde los medios, desde los trabajos, desde el hogar, desde la pareja… Es una mujer que parece que no tuviera intervención de la ley -entendida desde el psicoanálisis-, que se llevara todo por delante. Aunque no reconoce que cuando se lleva todo por delante se está inmolando junto con ello. Se está cayendo en la góndola.
La diferencia de género sigue presente de la manera tajante y clausurada en la que existió siempre, pero el mecanismo ideológico se encarnó en nuevas formas. Hoy, el reconocimiento a nivel discursivo parece que bastara para darle a las mujeres su lugar. El hecho de tener una presidenta al mando refuerza la idea, apoyada en la construcción de la imagen de una mujer sufrida, pero valerosa: “una mujer que mantiene el país”.
Pero yo me pregunto: ¿qué ha hecho esa mujer por las demás mujeres? ¿Qué ha hecho esa mujer por las tantas que permanecen desaparecidas como esclavas sexuales? El reconocimiento de un rubro en el diario está en el mismo nivel discursivo que decir que en Argentina hoy no existen desaparecidos, que no existe explotación de ninguna índole, que estamos en una democracia más democrática.
¿Qué hay entre la real inclusión y el reconocimiento discursivo? Un mecanismo publicitario, claro está; un no reconocimiento de que la diferencia sexual no se encuentra equilibrada. Que aunque seamos un “todos” disgregado en un “todos” y “todas”, aún son los “todos” sobre “todas”.


29 de agosto de 2012

Sopa de letras


Una mano que escribe en silencio.
Concentración. Pausa.
Dedos que revuelven una maraña de pelo,
como si de él fuera a caer alguna idea
que empape el papel.
Un papel escrito sólo con tachones y ninguna letra.
Letras que se mezclan en el plato de una sopa caliente
y forman anagramas imprecisos.
Una cuchara que revuelve el plato, vacilante.
El vapor que sube y empaña los anteojos.
El calor que llega a los poros y gotea sobre la sopa. 
Dos letras separadas, flotantes.  
Dos letras unidas por el mismo calor,
por el mismo olor a caldo casero impregnado en la masa.  
Dos letras que no pueden formar ninguna palabra,
Pero sí una sílaba tónica.  
La cuchara que revuelve el plato y forma espirales de humo.
Un manojo de letras que giran y son cazadas.
Una nariz fría de invierno, húmeda.
Una boca de labios secos y ásperos que engulle las letras. 
Y ahí van, las dos juntas,
a formar versos en conductos subterráneos. 

16 de agosto de 2012

Sexualidad en la escuela


Educación sexual en las aulas: hablemos de lo que se ve y no se habla

Cinco de la tarde en Cabildo y Juramento. La plaza redonda cercada por feriantes con sus paños de colores. Una banda de rock tocando “Barro tal vez” del flaco. Niños corriendo y jugando entre la gente. Una persona disfrazada de preservativo rojo en la esquina.
Retrato particular de otoño, digno de una fotografía bizarra o vanguardista que quizá no llega a advertirse por los transeúntes distraídos a no ser que aparezca al día siguiente en algún diario posmo.
El acompañante del preservativo -que, siguiendo la metáfora, bien podría estar disfrazado de envoltorio informativo- me repartió un volante. Ahí me enteré que se trataba de la Cruz Roja en una campaña de prevención contra el VIH.
Más allá de lo graciosa (o pintoresca) que me haya parecido la manera de encarar la temática, símil a la campaña de marketing de una firma conocida de empanadas, fue otra situación particular la que capturó mi atención.
Un niño que parecía tener unos seis o siete años agarró uno de los volantes que estaban tirados en el piso y rió al ver los dibujos que indicaban cómo ponerse un preservativo. Cuando la madre, que hasta el momento tomaba mate tranquila en uno de los puestos de la feria, vio lo que el niño hacía, le sacó el volante de la mano y lo retó por “agarrar cosas del piso”.
El niño quedó confundido, pero a pesar del reto no dejó de mirar al preservativo que llevaba estampada una cara sonriente como si se tratase de un Barnie moderno, transportado ahí desde alguna película retro de Isat a la medianoche.
Algo había quedado insatisfecho en ese niño. Su pregunta, su curiosidad se había interrumpido por esa respuesta que odiábamos todos cuando éramos chicos: “porque sí”. Pero que se hubiera interrumpido no significaba su desaparición.
Ahí es donde me quedé pensando. En qué sucede con esa pregunta y por qué el adulto termina por desplazarla, por darle otro título en lugar de hacerse cargo de ella tal cual es. ¿Tantas dificultades tenemos para abordar la sexualidad como temática y como problemática? Y lo pregunto como adultos porque somos nosotros a quienes deberían recurrir los niños –aunque no únicamente- en busca de respuestas, en su deseo de entender el mundo que los rodea y las circunstancias que hacen que se encuentren con estímulos que les provocan dichas preguntas en más de una oportunidad y en más de un medio a la vez.
Los niños nacen hoy en un ciberespacio y poseen una nueva alfabetización de la que carecen las generaciones anteriores. Tienen a su disposición un caudal enorme de información proveída por la industria cultural de esta época, de la que nadie –aunque algunos se esfuercen por diferenciarse al nivel del packaging- está exento.
Somos una generación erotizada y erotizante, en la cual la sexualidad aparece representada como si fuera un sinónimo de sexo. Estamos atravesados por discursos embebidos en esta concepción; los consumimos, los desviamos, los desandamos, pero no dejamos por eso de estar “inscriptos” por ellos y en ellos.
¿Qué es lo que sucede aquí entonces? ¿Qué es lo que pasa con los mecanismos mediadores? ¿Dónde están los padres? ¿Qué lugar ocupa la escuela?
Algunos podrán señalar rápidamente que la escuela “se encarga del tema”, que los niños tienen desde hace años materias del estilo: “Salud y adolescencia”; “educación sexual”, en sus currículas escolares.
Ajá. Muy bien, pero ¿qué se aprende en esas materias? Enfermedades de transmisión sexual, órganos reproductores, ciclo femenino… Sin enumerar las charlas de la tradicional empresa que contesta preguntas y reparte merchandising.
Pero claro, las respuestas siempre se dan a las preguntas hechas en voz alta…
¿Qué hay detrás de esa “educación”? ¿Existe tal educación en un sentido amplio; o nos concentramos en lo teórico para “rodear” el tema, para hablarlo sin hablarlo?
Como puntapié, me pregunté por mi propia historia; por mis primeras curiosidades, las cosas que escuchaba, los mitos, las intrigas, la picardía, las “charlas de mujeres”… En fin, me pregunté por mis primeras preguntas con respecto a la sexualidad y me encontré con que la escuela poco pudo dar respuesta y lo que hizo en su lugar fue relegar el tema, castigando, pero no escuchando...


nota: próxima ampliación con entrevista a una psicoanalista que pudo contestar muchas de mis preguntas y abrir el tema en distintas direcciones, dejándome mucho más por pensar y recorrer.


Carne y vida

Un cuerpo inquieto enredado en dos telas,
un cuerpo movedizo, errático.
Un cuerpo poroso,
un cuerpo deseado,
un cuerpo vedado por ser cuerpo.
Cuerpo sudado,
cuerpo ignorado,
cuerpo rozado con sabor a cuerpo.
Un cuerpo torcido,
un cuerpo maleado,
un cuerpo entrelazado con otro cuerpo.
Cuerpo boquiabierto,
inacabado,
cuerpo anhelado por ser cuerpo.
Un cuerpo escurridizo,
un cuerpo hallado,
un cuerpo y el mar en tu mismo cuerpo.

6 de junio de 2012

EN-CUENTrOS

Hoy: Café de París

Ella cruzó Azcuénaga esquivando un auto; le sonó el teléfono y se le cayó el abrigo. Lo levantó intentando no pisar a una paloma que caminaba haciendo zigzag entre sus tacones colorados. Acomodó su bolso en el respaldo de la silla y se sentó en una mesa de las que están en la vereda, justo en diagonal a la mía y al lado de la puerta principal del Café. Despegó una hoja de otoño de su tacón y pidió un cortado. Una media se le enganchó con el cierre de su cartera y le dibujó un rayón. Intentó estirar su vestido azul de terciopelo para que lo cubriera, pero terminó por cansarse y dejarlo al descubierto. Todavía tengo el recuerdo de sus medias color café atravesadas por una cicatriz pálida. Nunca más vi unas piernas como ésas.
Desparramó carpetas y papeles sobre la mesa de madera. Una birome se filtró entre las vetas y cayó al suelo. La pateó para acercarla y se acomodó sacudiendo su espalda y sus brazos como un perro recién salido del agua. Se puso a escribir de forma apretada y nerviosa, con la cabeza casi plegada sobre el pecho y un mechón amarillo que le tapaba los anteojos.
El aire que se producía por el abrir y cerrar de la puerta principal le pegaba en la cara como un soplido; tensaba y relajaba su mechón rubio como si estuviera manejado por algún titiritero encerrado hace siglos en la cúpula antigua de ese Café de Vicente López.
En la vereda había viento, pero no hacía frío; al menos no para mí que viví tantos años en el sur. Mi capuchino ya se había enfriado, pero el olor a canela todavía podía sentirse.
La ráfaga de aire que provocaba el tren cuando pasaba en frente revoleaba las hojas de otoño como si fueran papel picado. Pero ni el ruido de los rieles la despertaba de su escritura.
Dibujaba círculos en sus propias palabras y se mojaba los labios apretándolos entre sí. Los tenía secos y un poco pálidos. No usaba rouge ni tampoco aros. Su cara era igual a sus papeles: una hoja en blanco con todo su misterio y adrenalina. 
Estaba tan metida en su mundo, en sus letras y círculos, que no tenía que hacer ningún esfuerzo para esconder mi mirada. Algo de su postura triangular, de su manera de escribir como si estuviera cocinando, de su mechón autónomo y de su tacón desvencijado me imantaban; no podía dejar de mirarla.
Cuando llegó su cortado, parpadeó, dejó la birome y levantó la cabeza. Tomó la taza con las dos manos y sopló el humo empañando sus anteojos. Miró a su alrededor. La luz de los faroles antiguos contrastaba con la noche, las parejas paseaban por la vereda, el tren trotaba en frente, y su mirada se frenó ahí, justo en mi mesa. Me miró. Me desnudó. Me amó. Me odió. Sólo con sus ojos. Con esos ojos tan negros como su café, tan profundos como el abismo de sus piernas, tan ajenos a este mundo, pero tan suyos al fin. Yo me escondí con el diario y me asomé por arriba como un idiota. Ella sonrió levantando sólo el costado derecho de su boca. Tenía una sonrisa torcida, graciosa. Tapó su boca con la taza de café y sopló el humo hacia mí. Pero yo no pude aceptar su invitación y no hice más que cruzar la calle, esquivar un auto y olvidar mi abrigo, el mismo que me hizo volver a encontrarla al día siguiente en el Café. 

Celeste Gomez Wagner

9 de mayo de 2012

ERA DIGITAL: Re-pensar el encuentro


Cuatro puntos de vista sobre el encuentro en la era digital

En algunas oportunidades, al referirse al fenómeno de Internet, algunos pensadores lo comparan con la Imprenta, en el sentido en que generó (y sigue generando) una revolución en relación a los cambios que produce en nuestra propia subjetividad. Esto quiere decir que estamos viviendo, con la misma lógica de aceleración con la que se producen los intercambios, reconfiguraciones que nos modifican en tanto sujetos individuales y colectivos. En la red, en este nuevo espacio en donde convergen distintos medios y lenguajes, se abre un horizonte nuevo de expectativas, de deseos y de pensamientos que antes no eran posibles ni “pensables”.
Siempre que hablamos de tecnología, se abre un debate que nada tiene de nuevo y que se ha presentado en diferentes ocasiones de nuestra historia en donde un nuevo conocimiento fue capaz de poner en jaque alguna de las ideas o paradigmas que hegemonizaban el pensamiento de la época. Nos referimos a la contraposición entre aquellos que la conciben como un avance (para no entrar en el polémico “progreso”) y quienes la ven aún como una “amenaza” contra ciertas prácticas tradicionales.
Con respecto a esto me resulta interesante revisar qué concepción de tecnología subyace a ambas posturas, ya que éste puede ser uno de los ejes esclarecedores. Al indagar, encontramos que el debate se centra en la computación, telefonía móvil, etc, etc.
Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿es que antes de la aparición de dichos “avances”no existía la tecnología?
Para poder pensar en otro punto de vista acerca del tema, tomaremos hoy una concepción más amplia que entiende como “tecnología” todo aquello que prolongue nuestro cuerpo y nuestros sentidos (McLuhan). Esto nos permite pensar en algo tan sencillo como la ropa que sería, por ejemplo, la extensión de nuestra piel.
Sin embargo, muchos podrán rápidamente señalarme que esta definición lo único que hace es desplazar el problema, dispersarlo, ya que lo que realmente se constituye como el centro de la disputa son los efectos de dichos “avances” en la vida de las personas.
En este sentido, no podemos negar que las tecnologías influyen en la percepción que tenemos del mundo, ya que son parte de la rutina diaria de una gran parte de la población mundial. De hecho, a partir de la extensión de su uso, nuestra concepción del espacio y del tiempo se vieron transformadas: todo pareciera ser ahora más rápido, exigir de nosotros una atención (y conexión) permanente para “estar al día”; y, a su vez, los lugares parecieran estar más cerca.
La relación con un “otro”, obviamente, no escapa a este marco de mutaciones.
Alguien capaz de analizar los efectos psicológicos de estas nuevas prácticas podría profundizar el tema con mayor precisión y probablemente señalaría la tendencia hacia un repliegue de cada persona sobre sí misma, lo cual conlleva al individualismo, al miedo al contacto real con el otro, a la importancia de la estética (no nos olvidemos que las redes sociales son una estética por sí mismas), entre muchas otras problemáticas.
Sin embargo, y lejos de pretender hacer caso omiso a estas tendencias, propongo pensar también en los espacios que se abren en las distintas plataformas, donde muchos intercambian y comparten información con otros muchos (aunque, cuídese de considerar que decimos “muchos” y no “todos”, ya que así como esta lógica integra, también deja de lado a quienes no tienen la posibilidad de acceso), y en las nuevas formas de encuentro que se generan en dichos espacios.
Las comunidades virtuales, por ejemplo, conforman una nueva forma organizativa y constituyen una expresión de la dinámica que venimos explicando, promoviendo la participación y el acercamiento de los usuarios.
Es a raíz de estos nuevos contactos, de estas nuevas formas de debate y de construcción conjunta de la información, que hoy nos proponemos pensar en distintos tipos de encuentros que se generan en la red, de acuerdo a diferentes motivaciones y puntos de vista. Lejos de intentar abarcar todas las aristas, nos concentraremos en cuatro casos, pudiendo el lector agregar cualquier otro que crea conveniente. 

Celeste Gomez Wagner
celestegwagner@yahoo.com.ar


PUNTO DE VISTA COMERCIAL/PUBLICITARIO
Por Marcos Veleff (director de la revista “Punto y Aparte”)

Vender en la web

Debido al nivel de flujos que genera hoy en día Internet como herramienta, como emprendedor y empresario no sería razonable hacer caso omiso a sus posibilidades, encasillándonos en las formas más tradicionales. No se trata tampoco de cortar abruptamente con ellas, ya que tienen una trayectoria marcada en la propia subjetividad de las personas.
Sin embargo, hoy en día, Internet ha revolucionado las propuestas de comunicación y hay que aggiornarse para que nuestro negocio crezca y se fortalezca.
En el caso de Punto y Aparte en particular, con 21 años de vida en el mercado, nos hemos visto en la necesidad de renovar la propuesta para poder brindarle al cliente un servicio más integral que no deje de incluir el producto con el que nos identificamos, pero tampoco quede en desventaja con respecto a otras alternativas.
Considerando la importancia (y efectividad) que ha adquirido el mundo digital, diseñamos una propuesta que se ajusta a las necesidades del auspiciante, de manera de utilizar la rapidez, los bajos costos y la enorme llegada que tienen los nuevos medios.
Las comunidades virtuales (como Facebook o Twitter) ofrecen un espacio ideal para construir una imagen personal (tengamos en cuenta que en estas nuevas plataformas lo que más predomina es la imagen) y establecer contactos con potenciales clientes, lectores o colegas. En esa construcción de imagen, en esa búsqueda de conexiones y de aportes en cuanto a contenido, hay que encontrar los caminos para establecer una relación comercial que no implique la publicidad de manera agresiva y directa (spam).
De todas formas, sabemos que adentrarse en esta nueva alfabetización exige trabajo, constancia y tiempo. Tiempo para conocer la herramienta, para saber cuál es la mejor manera de publicar, cuáles son los contenidos que más le interesan a los lectores internautas cuya mirada es veloz y dispersa; tiempo para conocer cómo lidiar con los ritmos rápidos y con los caudales de información enormes y fragmentados.
Pero la idea es no tenerle miedo. En principio, para cualquier emprendedor y sobre todo para los que crecimos fuera de esta lógica, es un trabajo de aprendizaje, de prueba y error; pero a fin de cuentas los resultados son eficaces, ya que en unos pocos segundos, muchas personas pueden estar compartiendo contenidos con nosotros, creando así, una comunidad más allá del espacio físico del barrio, una comunidad que expande sus propios límites y que permite hacer de Punto y Aparte un proyecto más participativo.


PUNTO DE VISTA ACADÉMICO
Por Agustina Migliorini (profesora-ayudante UBA)

Comunidades virtuales como extensión del aula

¿Cuántos usos distintos se pueden asignar a los nuevos medios? Evolucionamos a la par de aquellas herramientas que creamos y nunca volvemos a ser los mismos. El ritmo de nuestras rutinas, las preguntas cotidianas y las relaciones personales se reconfiguran y toman caminos alternativos. Si los medios funcionan como una prolongación de los sentidos, ¿por qué no pensarlos como una posibilidad para extender el trabajo en el aula?
Hoy en día las distintas plataformas a las que se puede acceder a través de Internet nos permiten crear un espacio de debate. Brindan la oportunidad de superar el límite horario planteado por las clases y continuar la puesta en común y el trabajo colaborativo desde la pantalla. Las comunidades reúnen consignas, inquietudes, disparadores, notas de interés, insumos y críticas constructivas. A través de la apropiación y resignificación de contenidos es posible potenciar la creación de proyectos donde los conceptos, la iniciativa, los consumos culturales, la creatividad, el compromiso y las ventajas que ofrece cada herramienta para generar experiencias mediáticas, conforman un “cóctel” en continuo proceso de experimentación, capaz de reinventarse y cuyo potencial se pone en juego todos los días.


PUNTO DE VISTA SOCIO-HISTÓRICO

Proyecto Malvinas30

“Malvinas30” es un documental interactivo que cuenta con el apoyo de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, y que se propone a través del uso de herramientas digitales, re/vivir los acontecimientos de la Guerra de Malvinas, tal como sucedieron durante el año 1982. Se trata de un documental “transmedia” experimental en el que cada plataforma utilizada en el proyecto tiene una producción propia para que el conjunto de realizaciones formen un todo homogéneo.
La interactividad de Malvinas30 se centra en la participación activa de los usuarios concebida como uno de los ejes principales del proyecto.
La propuesta es romper con el esquema tradicional documental; Malvinas30 cuenta lo que está pasando, el presente del año 1982; es una suerte de máquina del tiempo virtual que propone un acercamiento no tradicional a uno de los hechos más controvertidos de la historia argentina reciente a través de la tecnología digital.

Cómo buscarlo:

T: @Malvinas30
@SoldadoM30
F: Malvinas30
Sitio: www.malvinastreinta.com.ar
Mail: malvinas2012@gmail.com


PUNTO DE VISTA SOCIAL-VECINAL
Por Dolores Rodríguez Villegas (Estudiante Cs. De la Comunicación – UBA- Miembro de “Tren Cultural Raíces”)

La web como espacio de acción: Tren Cultural Raíces

Nosotros somos Tren cultural Raíces, un grupo de vecinos autoconvocados, que quisimos movilizarnos en esta era de crisis de los encuentros cara a cara. El uso masivo de las nuevas tecnologías y la gran oferta de medios de comunicación han puesto en jaque a los espacios tradicionales de encuentro.
Las plazas fueron siempre espacios de reunión en donde distintas generaciones compartían un mismo tiempo y un mismo lugar; en cambio, hoy en día las plazas son más un lugar de paso que un lugar de encuentro, y han sido remplazados por los espacios virtuales. Es por esta razón que nuestro objetivo es poder volver a esa función primordial de las plazas: poder volver a re-llenarlas del sentido que el individualismo del nuevo siglo ha vaciado. Para esto, promovemos diversas actividades culturales en la plaza de los Inmigrantes en Olivos, y  siempre está abierta la convocatoria para todo aquel que quiera participar y formar parte de este movimiento. Además, a través de estas actividades culturales intentamos visibilizar ciertas problemáticas sociales que ocurren tanto en el barrio como fuera de él pero que nos afectan a todos como ciudadanos. Ninguna de nuestras actividades tendría sentido por fuera de la participación de los vecinos, y para esto es necesario que haya un conocimiento por parte de ellos de nuestras actividades e ideas. Aquí es donde aparecen los medios de comunicación como medios y no como fines en sí mismos. Nosotros queremos incentivar los encuentros cara a cara, pero para eso, es necesario que nos insertemos en estos espacios virtuales y utilicemos a éstos como herramientas para lograr difundir nuestras ideas y actividades y, además, poder tejer redes con otros colectivos que tengan objetivos similares.  
Si bien nos oponemos al aislamiento que generaron no sólo las nuevas tecnologías, sino especialmente un proceso histórico nacional que marcó el miedo a la participación ciudadana, consideramos que en el uso de dichas herramientas hegemónicas para estos fines nos permite combatir esas lógicas desde adentro.  Es primordial no olvidarnos de que estos medios funcionan como un puntapié para llegar al otro pero es necesario no quedarnos allí, sino utilizar esa herramienta y resignificarla para que el encuentro real, el lugar de debate, se produzca en la calle, cara a cara.

16 de diciembre de 2011

Cuestión de actitud


Tic. Tac. Vivimos rodeados de obligaciones, de compromisos, de agendas... ¿Por qué no hacemos algo que nos gusta? “No nos queda tiempo”, decimos. Sin embargo, vale preguntarse: ¿no será sólo una cuestión de actitud?
 
Pareciera que cada día fuera una especie dejavú cíclico, constante, incómodo. Corremos en ritmos acelerados que aparentan no dejar lugar al impasse, al stop, al descanso.
Decimos, entonces, qué bueno que sería poder contar con algunas horas más por día para leer un libro que nos gusta, para poder llamar a ese amigo que no vemos hace mucho, para escuchar ese disco o para charlar un rato más con nuestros hijos. Pero, ¿es una cuestión de tiempo real o sólo un asunto de organización?
Nos comprometemos con un sinfín de actividades que reclaman nuestra dedicación, pero pensemos que incluso cuando somos capaces de organizar nuestro tiempo, de permitirnos un espacio en nuestra rutina, sentimos que la vida se nos escapa, que ese tiempo podríamos utilizarlo en algo más productivo. Ya lo mencionaba en los `70 T. Adorno: “El tiempo libre es inseparable de su opuesto”, y así es. Organizamos el tiempo libre del mismo modo que el no libre, es decir, lo cronometramos estipulando horarios y actividades. Así, sin darnos cuenta, alimentamos ese círculo que no es real, si no que está en nuestros pensamientos, que nos aprisiona en una estructura que pareciera inmodificable.
Frente al “no puedo”, ¿qué hacer? En principio, tenemos que pensar que no hay ninguna cadena real que nos ate a nada. Es cierto que hay cosas que no podemos postergar porque no se trata acá de hacerle el juego al relativismo, sino de pensar que todo tiene un límite y ese límite lo ponemos nosotros, sobre todo, en nuestra cabeza; que es la estructura más difícil de romper.
En principio, podríamos empezar por estar atentos a nuestro propio radar emocional, a los pensamientos tales como son sentidos y a los sentimientos tales como son pensados. Escucharnos; tener en cuenta hasta dónde podemos, hasta dónde no, no sobreexigirnos. No se trata de hacer ninguna apología al hedonismo, sino de no dejar de lado nuestras propias percepciones.
Podríamos buscar abrir espacios en esos esquemas que parecen inamovibles. Elegir caminar por la plaza en vez de tomarnos el colectivo, por ejemplo. Evitar tapar los pensamientos con más pensamientos o el ruido subiendo el volumen de los auriculares. La solución no es el autismo autoinducido, sino la unión, pero la unión sincera, auténtica.
Tomarnos las cosas de otra manera, es sólo una cuestión de actitud. La elección es nuestra, depende de nosotros más de lo que creemos. No tenemos que mirar para otro lado ni preguntar qué hacer, sino hacerlo, entregarlos a la adrenalina de empezar de nuevo, a la picardía del encuentro, a la aventura de abrir una brecha en esa rutina pesada e inmóvil. Y, al mismo tiempo, darnos la posibilidad de equivocarnos; desarrollar la tolerancia al fracaso.
Decidamos ahora iluminar nuestro año y para eso empecemos por nosotros mismos: cambiemos la actitud. 


3 de noviembre de 2011

Voracidad,

anotaciones vomitadas

Desde atrás hasta acá; desde acá al principio. Quién fui, qué soy, qué quiero... Creo que hay una parte en mí que nació fallada, que me pusieron mal, que sacaron de otro lado. Siento que busco compartir, amar, brindarme... es eso lo que me hace sentir bien, lo que me llena en todo sentido. Como esa niña que fui, que soy, que siempre voy a ser en el fondo, estoy enamorada del amor. Sí, soy de esas que tildan de cursis, de tontas, de sensibles... Pero para mí es algo intrínseco, es parte de mí, de mi cuerpo, de mi carne. Funciona como un grito que siempre está ahí, a veces callado, a veces furioso. Más o menos escuchado; más o menos disimulado; siempre está.
En esta época donde reinan los ombligos con forma de espiral, la superficialidad, la soledad, todos argumentan centrarse en sí mismos, como si estar totalmente solos fuera la fórmula para descubirse. Yo no creo que sea así. Y no que por eso sea un problema mío, de autoestima, de aburrimiento. No sé si soy yo la que está equivocada o si es este puto paradigma que tiene como ideal a un hombre/mujer autosuficiente, aislado, hedonista; o sea, frío, egoísta. "Primero ponete bien vos, después, enamorate". ¿Qué carajo es eso? Primero lo primero, segundo lo segundo: jerarquías, nada más viejo que eso. ¿No es lo mismo con distinto nombre? Noo, pero hoy la orden del día es priorizarse a uno mismo, en un gran "sálvense quien pueda" que llega también al plano del amor, de las emociones. Sí, porque las emociones, a pesar de tener un lugarcito alquilado en el cerebro, no se pueden separar de la razón. La dicotomía mente-corazón es una farsa sobre la que seguimos y seguimos dando vueltas.
Yo me pregunto si realmente tengo que dejar de esperar, de sentir, de amar... pero, ¿por qué? ¡Si es mi manera de ser! Por qué el juicio, por qué las recetas de cómo se supone que deberías vivir, qué se supone que deberías hacer a tu edad. No hay nada más arbitrario que la edad, de hecho. Es verdad, ser sensible es más difícil que armarse de una coraza porque se sufre, y mucho. Pero a la vez es más sincero, más osado... implica animarse. Tanto se habla hoy de animarse y qué cagones somos en tantas cosas. Dejamos que decidan los miedos, los prejuicios, los reparos justificándonos en "dejar fluir" (¿laissez-faise?) Yo no quiero (ni puedo) separar a mi corazón de mi cabeza porque soy un todo. No puedo pensar qué debería sentir o qué debería hacer; creo que en vez de eso es sólo es cuestión de tener la valentía de aceptar lo que se siente.
La voracidad es vista como desmedida, como irreal, como utópica, pero a mí me parece más utópico pensar que nadie necesita de nadie, que nadie aprende mejor con otro, que somos iguales solos. ¿Hasta qué punto transformamos a los demás es un cálculo de probablidades? Si me hacés bien, bien; si no, chau. Utilitarismo reencarnado, nada más que eso.
Somos seres sociales, eso no se puede negar, como tampoco podemos negar que somos animales también. Tenemos un radar emocional, elegimos, a veces como el orto pero elegimos. Y la mayoría de las veces, aunque se diga lo contrario por verguenza al qué dirán, elegimos con el corazón. Y nos deseamos, nos encontramos, nos separamos; y al hacerlo, crecemos nosotros mismos, más de lo que podríamos crecer estando solos, no tengo duda. Porque estando solos no tenemos quién nos sensibilice, quién nos toque el alma... sólo estamos ahí, el mundo y nosotros en un círculo de seguridad. Eso me parece más utópico y a la vez -contradictoriamente- real: es miedo, nada más humano que eso.
Hoy que las "búsquedas personales", el karma y el zen están a la orden, yo estoy cansada. No de que existan, porque las hay y las habrá siempre mientras haya hombres y mujeres que piensan y se buscan a sí mismos. Pero me pregunto qué pasó con esos hombres y mujeres que sentían, que se apasionaban, que luchaban por amor, que lloraban por amor... ¿Dónde están? Yo quiero ir ahí.

2 de noviembre de 2011

Per@s

Si me escurro entre las líneas de tu verso,
si exhalo en otro idioma tus palabras,
si levanto mis talones y te alanzo,
si no me alcanza el anzuelo de tu pelo,
si descruzo mis manos sobre tu pecho,
si me despecho por el grito de tu boca,
si no llego a saltar tus laberintos,
si me olvidara de las peras masculinas,
ya no habría hoy ni ayer;
"hasta mañana"

19 de octubre de 2011

Me enteré en un shopping


“No lo puedo creer”, me dijo lavándose el pis de la mano. Después se enjuagó la frente transpirada y el lápiz negro que le había dibujado ojeras de carbón. En cuanto salimos del baño, me compré el libro “Qué hacer” de Pablo Katchadjian.
El Shopping queda a unas pocas cuadras de mi casa. Suelo no ir, aunque esta vez no me quedó otra opción: es sábado y los demás negocios del barrio cierran a la hora de la siesta.
A penas entro, el olor a lavanda del desodorante de ambiente me hace estornudar. Veo a las personas entrar y salir como si se tratara de una especie de compuerta. Los que salen sienten el calor o el frío del ambiente con la fuerza de una trompada; mientras que a los que entran, se les aminora el paso. Puede percibirse como van relajando el cuerpo: las manos cuelgan a los costados de las piernas, las facciones se descomprimen, los pies son arrastrados por el piso como si algo en la entrada les produjera un efecto alucinógeno parecido a estar drogado o borracho, o ambas a la vez.
Las personas pasan por la puerta de entrada en efecto filtro: llegan con el ímpetu de un chorro de agua y se deslizan como gotas tontas y pegajosas que se chocan al caminar.
Nosotras no somos tan distintas, aunque desentonamos con los demás visitantes; eso es claro. Ella tiene un jogging gris y unas zapatillas de cordones verdes y yo, un pulóver con los puños desteñidos. A pesar de eso, nadie nos mira, ni siquiera las cuasi-señoras que discuten con sus hijas en un dialecto nasal poco entendible.
Nuestras zapatillas de suela de goma patinan en el piso encerado, de manera que ni siquiera tenemos que hacer fuerza para levantar los pies. La música funcional acompaña nuestra caminata; las plantas de plástico, las palmeras falsas y el olor a café forman nuestro paisaje. Sin embargo, aunque este gran útero está pensado para el disfrute, me siento inquieta, encerrada. Me pone nerviosa ver cómo la gente camina en cámara lenta, formando filas invisibles parecidas a las cuerdas de una guitarra, donde todos están afinados en armonía para que suenen como deben hacerlo.
En el medio del lugar, fuentes de agua escupida y acumulada entre la loza como si fuera un buche, amontonan niños que tiran ingenuamente monedas a cambio de deseos. Como una niña más, mi amiga cierra los ojos y aprieta en su puño derecho una moneda de diez centavos. Lo lanza y, al caer, el agua nos salpica la cara, corriéndole la pintura de los ojos. Después se sumerge en el fondo de la fuente, junto con los demás deseos pendientes.
Antes de llegar a la farmacia, quise comprar un libro, pero preferí acompañarla primero. Aún así, me distraje con los colores de un local y me quedé mirando uno por uno una decena de aros casi idénticos. Al fin y al cabo pareciera que una vez goteada adentro del tarro, no queda otra opción más que ser café al igual que el resto.
En el mostrador, ella tardó varios minutos en hablar. Mientras lo meditaba, me quedé mirando las estanterías de la perfumería. Me distraía su olor a transpiración tan fuerte que le marcaba un semicírculo amarillo en las axilas de la musculosa blanca.  
Después de pagar, miramos los pañuelos que tenían colgados en una especie de corbatero giratorio que al empujar crujía como los gritos agudos de esas mujeres de voz nasal que pasean por los pasillos.  
Antes de entrar al baño, compramos puchos y unos chicles de menta.
Una vez ahí, los papeles en el cesto, los espejos sin manchas de dentífrico, el jabón líquido con olor a limón, ningún pelo, ninguna toalla, ninguna revista, ningún olor, hacían de ése un baño neutro, blanco, insípido. No se parecía en nada al de mi casa, pero tampoco parecía un baño, donde históricamente hay olor a mierda y no a fruta.
Habrá habido en total, ocho personas delante del espejo. Algunas mujeres se peinaban; otras, se maquillaban; otras se lavaban las manos; dos o tres hablaban por celular; y una limpiaba lo que las demás tiraban al suelo.
Yo entré con ella para hacerle compañía. Mientras se bajaba la bombacha, me di vuelta y me apreté contra la puerta. Me puse a leer el envase de los chicles para pasar el tiempo, pero me distraía su imagen reflejada en las baldosas casi plastificadas. Con una mano se sostenía de la pared haciendo equilibrio y, con la otra, ponía la pipeta debajo del chorro de pis.
No sé cuanto tiempo pasó porque me distraje haciendo globos con el chicle y mirando los conductos de ventilación del techo, desde donde siempre imaginé que te espiaban. Escuché varias veces al chorro acabar y empezar de nuevo. Hasta que dio dos rayas.
Ella se levantó la bombacha, se abrochó el pantalón y se arregló el escote. Parecía que iba a llorar, pero no lloró. Parecía que iba a hablar, pero tampoco dijo nada, hasta que llegó al lavatorio para enjuagarse el pis de las manos. 



foto: RoseMarie M Camus 2010 Copyright ©

15 de septiembre de 2011

Inspiraciones

    UTOPÍAS
 
     Cómo voy a creer / dijo el fulano
     que el mundo se quedó sin utopías
     cómo voy a creer
     que la esperanza es un olvido
     o que el placer una tristeza
     cómo voy a creer / dijo el fulano
     que el universo es una ruina
     aunque lo sea
     o que la muerte es el silencio
     aunque lo sea
     cómo voy a creer
     que el horizonte es la frontera
     que el mar es nadie
     que la noche es nada
     cómo voy a creer / dijo el fulano
     que tu cuerpo / mengana
     no es algo más de lo que palpo
     o que tu amor
     ese remoto amor que me destinas
     no es el desnudo de tus ojos
     la parsimonia de tus manos
     cómo voy a creer / mengana austral
     que sos tan sólo lo que miro
     acaricio o penetro
     cómo voy a creer / dijo el fulano
     que la útopia ya no existe
     si vos / mengana dulce
     osada / eterna
     si vos / sos mi utopía.
M.Benedetti

14 de septiembre de 2011

Toboganes



Los niños son la llave
para abrir esa puerta que se cerró hace mucho.
Ellos llevan en sus ojos,
el desencanto de las hamacas vacías.
Tienen el cuerpo distante
y la inocencia truncada.
Pero llevan en sus manitos
la posibilidad de empuñar
el arma de la imaginación
y pintar con crayones un mundo
que les permita "ser" en libertad.

Enfermedad de la piel ignorada

(pueden acompañar la lectura de estas anotaciones espontáneas
con el tema de Pearl Jam en la izquierda del blog; o no)

Razón vs Deseo.
Dicotomías.
Tema hablado hasta el hartazgo, pero por alguna razón siempre retomado.
Pulsiones.
Reacciones que parecieran surgir desde algún espacio escondido, innaccesible, anárquico... (¿inconsciente?)
Qué importa de qué se trata; el problema es lo que genera.
Mientras la boca se abre y emite una catarata de frases coherentes, razonadas, regidas por las leyes de una ilusa maximización de beneficios; el cuerpo transpira. Quizá ése sea el primer síntoma de la enfermedad de la piel ignorada. Se dice que ella tiene memoria: no hay nada más cliché, pero -a la vez- más cierto que eso.
Cómo hacer para ocultar ese sudor caliente que empapa la camisa.
Cómo hacer para ignorar ese nudo que se siente en la garganta mientras decimos el discurso ensayado mil veces adelante del espejo.
Cómo hacer para ignorar el cosquilleo de las palmas, el olor impregnado en las almohadas, la incomodidad de la mirada directa, la revolución de ácidos en el estómago...
Recuerdos de noctámbulos, razonamientos de despiertos que no encuentran nunca solución porque dependen -para continuar existiendo- de su presencia mutua, de su oposión: uno no es sin el otro.
Así conviven; esa es su manera. De vez en cuando alguno parece ceder y entonces las cosas resultan más fáciles. Pero si fracasa, no tarda en culpar al contrario, de modo que la pelea resulta infinita, inacabable...
Al igual que los pensamientos recordados o los recuerdos razonados que parecen no acabarse nunca mientras me quitan el sueño o se apoderan de él en mis noches desveladas.

12 de julio de 2011

Fichas de ensueño

Ella deshizo con cuidado el nudo, lo desajustó y dejó las zapatillas debajo de su cama. Se acostó, apagó la luz y miró el techo. Cerró los ojos como buscando para sus adentros alguna respuesta que no llegaba. Los abrió de nuevo. Arriba, el blanco pálido, insípido. En su mente, un deseo de sol.
Movía sus pupilas de un lado a otro como si no pudiera retener ningún pensamiento por mucho tiempo, como si se escurrieran así nomás mientras ella los dejaba huir, indiferente. Por un momento contemplaba su vida como si se tratase un film extraño, de planos cortos y abstractos que la tenían como protagonista. Sin embargo no la inquietaba; veía como un juego imaginarlos en combinaciones extrañas, como si por un momento pudiera cambiar el orden y fuera capaz de reconstruir lo destruido, gobernar el tiempo y hacerlo retroceder y volver a andar como un tic tac de vida. Se divertía armando un rompecabezas con espacios vacíos, con encastres falsos. Pero, al fin de cuentas, era inevitable verse allí, era ella. ¿Era ella?
El pensamiento se escurrió de nuevo y su cabeza se hundió en la almohada. Quizá entre sueños encuentre sus fichas perdidas en los techos insípidos de otras almas inquietas.

Alteraciones

El artista debe enfrentar a un mundo donde la imaginación está prohibida, donde cada cosa está encerrada en un nombre, donde lo blanco sólo es blanco, el sueño es puro inconsciente y la locura, enfermedad.
Es él quien navega en ríos de agua púrpura, al que se lo ve temblar de escalofríos al notar las asperezas de un perfume rancio, pero al que no se oye nunca develar el sabor del color verde.
El artista moldea el silencio como todo artesano, desordena las palabras como cualquier chico inquieto y convierte la realidad en un sueño indescifrable para cualquier psicoanalista, sólo para divertirse en la sesión. 


A la izquierda del blog encontarán una aplicación para escuchar un tema de Pedro Aznar, verdadero artesano del silencio. Emoción y profundidad... 
Pronto iré agregando otros temas para que disfruten con o sin la lectura. 


9 de julio de 2011

Opa! (música)

El ritmo de los tamboriles, los arreglos tradicionales del jazz y la voz característica del negro Rada llegan desde el otro lado del charco y resuenan en el suelo Argentino.

Me pongo los auriculares. Escucho los primeros acordes del disco “Goldenwings”, grabado en 1976. Los sonidos pasan en stereo de un lado a otro de mi cabeza y en cuanto logro advertirlo me hallo inmersa en un ritmo que no puedo evitar seguir con las suelas de mis zapatos.
Pienso en la precariedad con la que grababan las bandas del ´60 y del ´70 comparada a la que existe hoy en día y, sin embargo, cuánto más original me parece.
Justamente es esta palabra con la que definiría a Opa!: “original”, pero en un doble sentido. En principio lo es en cuanto a la fusión de elementos que los caracteriza: no se trata de jazz, ni de candombe, ni de rock; es todo ello amalgamado de una manera inteligente y armoniosa. Por otro lado, el sonido de Opa! hunde sus raíces en el suelo oriental, es decir, es parte de la música originaria tan influenciada por la cultura africana.
En la década de Woodstock y de la “beatlemanía”, los hermanos Fattoruso forman “Los Shakers”, los Beatles de la música uruguaya. Cuando a fines de los ´60 se disuelven, Hugo y Osvaldo viajan a Estados Unidos y se encuentran con Ringo Thielmann que estaba viviendo en Nueva York desde hacía unos años. Es ahí donde surge Opa!
La banda en un principio se dedicaba a tocar covers de la radio en bares y restaurantes. Sólo en algunas oportunidades hacían temas de Rada, de Eduardo Mateo o, incluso, de jazz para impresionar a los públicos difíciles. Sin embargo, y a pesar de no ver un sólo centavo de las presentaciones, van adquiriendo una gran repercusión y pasan a ser considerados la mejor banda latina en Estados Unidos. Incluso Hugo, en ese momento, estaba en el segundo lugar de los mejores sintetizadores del mundo para la revista “Down Beat”, por encima de Chick Corea.
Para su segundo disco, “Magic Time”, se suma Rada, que había estado viviendo en Suiza y Alemania y llega a Estados Unidos. Su percusión y sus arreglos vocales serán los ingredientes finales que le darán el toque característico a la banda.
Cuando vuelven a Montevideo, generan una gran repercusión en los artistas y en el público en general. Se abre un espacio dentro del clima hostil de la dictadura y el trío (ahora cuarteto), que se había ido a Estados Unidos siendo muy jóvenes, se reencuentra con su cultura y con su gente: en su primer recital en el Cine Plaza, tocan con Jaime Roos, Eduardo Mateo, Jorginho Gularte y otros artistas de la música oriental. El pueblo se emociona al volver a encontrar algo autóctono entre tanta música censurada, comercial y carente de ritmo e improvisación.
A pesar de que muchos se opusieron a la banda por considerarla “imperialista”, la gente se reunió en las calles a tocar y cantar como lo habían hecho siempre. Sin embargo, y aunque todos fueron arrestados por “exceso de notas” como dice el “Lobo” Nuñez, la música de Opa! Trascendió e hizo historia.
La fusión de arreglos de jazz, de sintetizadores que dejan espacio para la respuesta de los tambores típicos del candome y la voz de Rada, hace de Opa! Un íncono de la música uruguaya que resuena en los oídos de todos los que queremos escuchar algo diferente.


8 de julio de 2011

Diseño (por Alejandra Daldín)

Qué fantástico es sentir que el arte se contagia como un bostezo. Uno abre su boca y exhala sin preocuparse y casi inmediatamente el de al lado hace lo mismo; mientras al de en frente, aunque haya mirado casi de reojo, no le alcanzan las manos para frenar el aire que le llega de los pulmones y se le escapa por las rendijas de los dedos. 
En unos pocos minutos todo el lugar se ve contagiado por la misma partícula invisible y cada uno de los pasajeros, casi por efecto dominó, respira el arte y escupe la rutina. 

Este diseño tipográfico es de Alejandra Daldín, estudiante de Diseño Gráfico de la UBA, una hermosa y talentosa persona. Gracias!
(la calidad no es la que se merece el trabajo, pero la capacidad del blog es limitada) 


7 de julio de 2011

Poema al revés

Estaquearte a mis zapatos (patearte) 
Enredarte a mis sábanas (echarte)
Dormir con tu voz entre mis labios (escupir tus palabras)
Desnudar tus ojos (vendártelos) 
Tomar tus manos (desatarlas) 
Odiar que te vayas (irme)

6 de julio de 2011

Ella

Camina sola por la calle. La veo cruzar de vereda, lleva la vista perdida en sus pensamientos. Sus pies se mueven al compás de una música que no logro descifrar. No se detiene en ningún detalle en particular, sólo camina hacia un destino que desconozco. Su andar es tan liviano que por momentos parece que flotara; es entonces cuando cierro los ojos y deseo congelar ese momento para tenerla siempre así en mi memoria.
Me pregunto qué pensará cuando camina. Me divierte jugar con eso que no conozco, sin embargo tantas veces la vi pasar que ya siento que somos íntimos conocidos; o quizá fantaseo, qué sé yo. 
Puedo pasar horas imaginando su destino. ¿Por qué nunca elegí seguirla? Por lo mismo que aún no le he hablado. Parece que pertenecemos a mundos paralelos, intocables. Aún así no dejo de preguntarme qué destino nos puso tan separados y a la vez tan cercanos; qué desdicha.
Bueno, al fin de cuentas, siempre tuve mala suerte o, al menos, soy un poco cobarde. Sí, lo soy. No me averguenza decirlo. Como tampoco me averguenza confesarte que a veces sueño con sus labios murmurando en silencio o con su pelo flotando sobre su espalda. Es tan armoniosa que pasa y sonrío, cierro los ojos e intento retener ese perfume. Ya sé lo que pensás, es que vos sos más frío, no entendés. Para mí pasa todo tan rápido que no alcanzo a decirle nada, sólo me limito a escucharla, a verla.
No creas que me estoy justificando, la verdad es que nunca reparó en mí. Pero tampoco quise romper eso que se produce cuando pasa, es como una especie de hechizo, como si no fuera real. No me mires así, ¡es verdad! Tiene una mirada que nunca antes vi, no sé si es soledad o pura tristeza, pero la trasforma en un ser mítico, no es como ninguna otra.
Hoy te dije que vinieras a verla y no pasó y ya sé que no creés mi historia. Pero en dos meses es la primera vez que no pasa. Me pregunto si habrás roto esa magia o si se habrá ofendido porque esto era algo sólo entre nosotros dos.