16 de diciembre de 2011

Cuestión de actitud


Tic. Tac. Vivimos rodeados de obligaciones, de compromisos, de agendas... ¿Por qué no hacemos algo que nos gusta? “No nos queda tiempo”, decimos. Sin embargo, vale preguntarse: ¿no será sólo una cuestión de actitud?
 
Pareciera que cada día fuera una especie dejavú cíclico, constante, incómodo. Corremos en ritmos acelerados que aparentan no dejar lugar al impasse, al stop, al descanso.
Decimos, entonces, qué bueno que sería poder contar con algunas horas más por día para leer un libro que nos gusta, para poder llamar a ese amigo que no vemos hace mucho, para escuchar ese disco o para charlar un rato más con nuestros hijos. Pero, ¿es una cuestión de tiempo real o sólo un asunto de organización?
Nos comprometemos con un sinfín de actividades que reclaman nuestra dedicación, pero pensemos que incluso cuando somos capaces de organizar nuestro tiempo, de permitirnos un espacio en nuestra rutina, sentimos que la vida se nos escapa, que ese tiempo podríamos utilizarlo en algo más productivo. Ya lo mencionaba en los `70 T. Adorno: “El tiempo libre es inseparable de su opuesto”, y así es. Organizamos el tiempo libre del mismo modo que el no libre, es decir, lo cronometramos estipulando horarios y actividades. Así, sin darnos cuenta, alimentamos ese círculo que no es real, si no que está en nuestros pensamientos, que nos aprisiona en una estructura que pareciera inmodificable.
Frente al “no puedo”, ¿qué hacer? En principio, tenemos que pensar que no hay ninguna cadena real que nos ate a nada. Es cierto que hay cosas que no podemos postergar porque no se trata acá de hacerle el juego al relativismo, sino de pensar que todo tiene un límite y ese límite lo ponemos nosotros, sobre todo, en nuestra cabeza; que es la estructura más difícil de romper.
En principio, podríamos empezar por estar atentos a nuestro propio radar emocional, a los pensamientos tales como son sentidos y a los sentimientos tales como son pensados. Escucharnos; tener en cuenta hasta dónde podemos, hasta dónde no, no sobreexigirnos. No se trata de hacer ninguna apología al hedonismo, sino de no dejar de lado nuestras propias percepciones.
Podríamos buscar abrir espacios en esos esquemas que parecen inamovibles. Elegir caminar por la plaza en vez de tomarnos el colectivo, por ejemplo. Evitar tapar los pensamientos con más pensamientos o el ruido subiendo el volumen de los auriculares. La solución no es el autismo autoinducido, sino la unión, pero la unión sincera, auténtica.
Tomarnos las cosas de otra manera, es sólo una cuestión de actitud. La elección es nuestra, depende de nosotros más de lo que creemos. No tenemos que mirar para otro lado ni preguntar qué hacer, sino hacerlo, entregarlos a la adrenalina de empezar de nuevo, a la picardía del encuentro, a la aventura de abrir una brecha en esa rutina pesada e inmóvil. Y, al mismo tiempo, darnos la posibilidad de equivocarnos; desarrollar la tolerancia al fracaso.
Decidamos ahora iluminar nuestro año y para eso empecemos por nosotros mismos: cambiemos la actitud.