“No lo puedo creer”, me dijo lavándose el pis de la mano. Después se enjuagó la frente transpirada y el lápiz negro que le había dibujado ojeras de carbón. En cuanto salimos del baño, me compré el libro “Qué hacer” de Pablo Katchadjian. El Shopping queda a unas pocas cuadras de mi casa. Suelo no ir, aunque esta vez no me quedó otra opción: es sábado y los demás negocios del barrio cierran a la hora de la siesta.
A penas entro, el olor a lavanda del desodorante de ambiente me hace estornudar. Veo a las personas entrar y salir como si se tratara de una especie de compuerta. Los que salen sienten el calor o el frío del ambiente con la fuerza de una trompada; mientras que a los que entran, se les aminora el paso. Puede percibirse como van relajando el cuerpo: las manos cuelgan a los costados de las piernas, las facciones se descomprimen, los pies son arrastrados por el piso como si algo en la entrada les produjera un efecto alucinógeno parecido a estar drogado o borracho, o ambas a la vez.
Las personas pasan por la puerta de entrada en efecto filtro: llegan con el ímpetu de un chorro de agua y se deslizan como gotas tontas y pegajosas que se chocan al caminar.
Nosotras no somos tan distintas, aunque desentonamos con los demás visitantes; eso es claro. Ella tiene un jogging gris y unas zapatillas de cordones verdes y yo, un pulóver con los puños desteñidos. A pesar de eso, nadie nos mira, ni siquiera las cuasi-señoras que discuten con sus hijas en un dialecto nasal poco entendible.
Nuestras zapatillas de suela de goma patinan en el piso encerado, de manera que ni siquiera tenemos que hacer fuerza para levantar los pies. La música funcional acompaña nuestra caminata; las plantas de plástico, las palmeras falsas y el olor a café forman nuestro paisaje. Sin embargo, aunque este gran útero está pensado para el disfrute, me siento inquieta, encerrada. Me pone nerviosa ver cómo la gente camina en cámara lenta, formando filas invisibles parecidas a las cuerdas de una guitarra, donde todos están afinados en armonía para que suenen como deben hacerlo.
En el medio del lugar, fuentes de agua escupida y acumulada entre la loza como si fuera un buche, amontonan niños que tiran ingenuamente monedas a cambio de deseos. Como una niña más, mi amiga cierra los ojos y aprieta en su puño derecho una moneda de diez centavos. Lo lanza y, al caer, el agua nos salpica la cara, corriéndole la pintura de los ojos. Después se sumerge en el fondo de la fuente, junto con los demás deseos pendientes.
Antes de llegar a la farmacia, quise comprar un libro, pero preferí acompañarla primero. Aún así, me distraje con los colores de un local y me quedé mirando uno por uno una decena de aros casi idénticos. Al fin y al cabo pareciera que una vez goteada adentro del tarro, no queda otra opción más que ser café al igual que el resto.
En el mostrador, ella tardó varios minutos en hablar. Mientras lo meditaba, me quedé mirando las estanterías de la perfumería. Me distraía su olor a transpiración tan fuerte que le marcaba un semicírculo amarillo en las axilas de la musculosa blanca.
Después de pagar, miramos los pañuelos que tenían colgados en una especie de corbatero giratorio que al empujar crujía como los gritos agudos de esas mujeres de voz nasal que pasean por los pasillos.
Antes de entrar al baño, compramos puchos y unos chicles de menta.
Una vez ahí, los papeles en el cesto, los espejos sin manchas de dentífrico, el jabón líquido con olor a limón, ningún pelo, ninguna toalla, ninguna revista, ningún olor, hacían de ése un baño neutro, blanco, insípido. No se parecía en nada al de mi casa, pero tampoco parecía un baño, donde históricamente hay olor a mierda y no a fruta.
Habrá habido en total, ocho personas delante del espejo. Algunas mujeres se peinaban; otras, se maquillaban; otras se lavaban las manos; dos o tres hablaban por celular; y una limpiaba lo que las demás tiraban al suelo.
Yo entré con ella para hacerle compañía. Mientras se bajaba la bombacha, me di vuelta y me apreté contra la puerta. Me puse a leer el envase de los chicles para pasar el tiempo, pero me distraía su imagen reflejada en las baldosas casi plastificadas. Con una mano se sostenía de la pared haciendo equilibrio y, con la otra, ponía la pipeta debajo del chorro de pis.
No sé cuanto tiempo pasó porque me distraje haciendo globos con el chicle y mirando los conductos de ventilación del techo, desde donde siempre imaginé que te espiaban. Escuché varias veces al chorro acabar y empezar de nuevo. Hasta que dio dos rayas.
Ella se levantó la bombacha, se abrochó el pantalón y se arregló el escote. Parecía que iba a llorar, pero no lloró. Parecía que iba a hablar, pero tampoco dijo nada, hasta que llegó al lavatorio para enjuagarse el pis de las manos.
foto: RoseMarie M Camus 2010 Copyright ©