En numerosos discursos encontramos odas a la mujer, aunque quizá fue el arte, desde su propia condición de sublevación, uno de los primeros campos en visibilizarla públicamente.
Sin embargo, las mujeres representadas que gozaban de su desnudez y de su carácter cuasi etéreo, contrastan con los cuerpos maltratados y cansados por la fábrica. Porque fue recién cuando el interés económico imperante se vio agotado de fuerza de trabajo para sostener el impulso industrial que las mujeres fueron sacadas del espacio privado adonde se las había confinado para participar de la esfera pública.
Pero Eva no fue nunca una mujer sumisa y la contracara de la participación fue el reclamo, la movilización y la cooperación. Miles de trabajadoras lucharon por sus derechos en un mundo gobernado por el sentido común patriarcal y machista.
Hoy, a pesar de los avances con respecto a la participación en la vida política, social y cultural, la condición de opresión del género femenino sigue intacta, o peor aún, más agravada, difusa y diversificada. Los mecanismos de control se han hecho ínfimos, a tal punto que son difíciles de discernir. Los postulados del mundo machista se hicieron carne en nosotras y forman parte de nuestras actividades cotidianas. Hoy se silencia a la mujer complaciéndola con una estrategia inclusiva del discurso que tiende a hacerla sentir parte, a exponer los abusos que sufre sin hacer nada concreto para solucionarlos. Citar (y repudiar) el caso de Marita Verón no hace más que confirmar estas suposiciones.
Pero cuidado, cuidado con las formas de reivindicación, cuidado con el espectáculo de la política y la política como espectáculo. Porque corremos con el riesgo de responder en el imaginario a una reivindicación histórica de la cual la política no se hace cargo. De lo contrario no existirían mujeres secuestradas y privadas de su identidad, no existirían esclavas, ni quienes tuviesen que vender su cuerpo por dinero, no existiría la violencia simbólica, los piropos abusivos, la cosificación de su cuerpo, la desigualdad de acceso y oportunidades.
Entonces, otra vez: cuidado. Hagamos silencio y no nos dejemos silenciar por el discurso que nombra sin asumir. No nos compremos el marketing de las rosas, los bombones y los osos de peluche. No nos conformemos con maquillajes que no dejan más que entrever que siempre fuimos el “segundo sexo”. Pero eso sí, y aunque a muchos mal que les pese, la lucha continúa.