Ella cruzó Azcuénaga
esquivando un auto; le sonó el
teléfono y se le cayó el abrigo. Lo levantó intentando no pisar a una paloma
que caminaba haciendo zigzag entre sus tacones colorados. Acomodó su bolso en
el respaldo de la silla y se sentó en una mesa de las que están en la vereda,
justo en diagonal a la mía y al lado de la puerta principal del Café. Despegó
una hoja de otoño de su tacón y pidió un cortado. Una media se le enganchó con
el cierre de su cartera y le dibujó un rayón. Intentó estirar su vestido azul
de terciopelo para que lo cubriera, pero terminó por cansarse y dejarlo al
descubierto. Todavía tengo el recuerdo de sus medias color café atravesadas por
una cicatriz pálida. Nunca más vi unas piernas como ésas.
Desparramó
carpetas y papeles sobre la mesa de madera. Una birome se filtró entre las
vetas y cayó al suelo. La pateó para acercarla y se acomodó sacudiendo su
espalda y sus brazos como un perro recién salido del agua. Se puso a escribir
de forma apretada y nerviosa, con la cabeza casi plegada sobre el pecho y un
mechón amarillo que le tapaba los anteojos.
El aire que
se producía por el abrir y cerrar de la puerta principal le pegaba en la cara
como un soplido; tensaba y relajaba su mechón rubio como si estuviera manejado
por algún titiritero encerrado hace siglos en la cúpula antigua de ese Café de
Vicente López.
En la
vereda había viento, pero no hacía frío; al menos no para mí que viví tantos
años en el sur. Mi capuchino ya se había enfriado, pero el olor a canela
todavía podía sentirse.
La ráfaga
de aire que provocaba el tren cuando pasaba en frente revoleaba las hojas de
otoño como si fueran papel picado. Pero ni el ruido de los rieles la despertaba
de su escritura.
Dibujaba
círculos en sus propias palabras y se mojaba los labios apretándolos entre sí.
Los tenía secos y un poco pálidos. No usaba rouge ni tampoco aros. Su cara era
igual a sus papeles: una hoja en blanco con todo su misterio y adrenalina.
Estaba tan
metida en su mundo, en sus letras y círculos, que no tenía que hacer ningún
esfuerzo para esconder mi mirada. Algo de su postura triangular, de su manera
de escribir como si estuviera cocinando, de su mechón autónomo y de su tacón
desvencijado me imantaban; no podía dejar de mirarla.
Cuando
llegó su cortado, parpadeó, dejó la birome y levantó la cabeza. Tomó la taza
con las dos manos y sopló el humo empañando sus anteojos. Miró a su alrededor.
La luz de los faroles antiguos contrastaba con la noche, las parejas paseaban
por la vereda, el tren trotaba en frente, y su mirada se frenó ahí, justo en mi
mesa. Me miró. Me desnudó. Me amó. Me odió. Sólo con sus ojos. Con esos ojos
tan negros como su café, tan profundos como el abismo de sus piernas, tan
ajenos a este mundo, pero tan suyos al fin. Yo me escondí con el diario y me
asomé por arriba como un idiota. Ella sonrió levantando sólo el costado derecho
de su boca. Tenía una sonrisa torcida, graciosa. Tapó su boca con la taza de
café y sopló el humo hacia mí. Pero yo no pude aceptar su invitación y no hice más
que cruzar la calle, esquivar un auto y olvidar mi abrigo, el mismo que me hizo
volver a encontrarla al día siguiente en el Café.