6 de junio de 2012

EN-CUENTrOS

Hoy: Café de París

Ella cruzó Azcuénaga esquivando un auto; le sonó el teléfono y se le cayó el abrigo. Lo levantó intentando no pisar a una paloma que caminaba haciendo zigzag entre sus tacones colorados. Acomodó su bolso en el respaldo de la silla y se sentó en una mesa de las que están en la vereda, justo en diagonal a la mía y al lado de la puerta principal del Café. Despegó una hoja de otoño de su tacón y pidió un cortado. Una media se le enganchó con el cierre de su cartera y le dibujó un rayón. Intentó estirar su vestido azul de terciopelo para que lo cubriera, pero terminó por cansarse y dejarlo al descubierto. Todavía tengo el recuerdo de sus medias color café atravesadas por una cicatriz pálida. Nunca más vi unas piernas como ésas.
Desparramó carpetas y papeles sobre la mesa de madera. Una birome se filtró entre las vetas y cayó al suelo. La pateó para acercarla y se acomodó sacudiendo su espalda y sus brazos como un perro recién salido del agua. Se puso a escribir de forma apretada y nerviosa, con la cabeza casi plegada sobre el pecho y un mechón amarillo que le tapaba los anteojos.
El aire que se producía por el abrir y cerrar de la puerta principal le pegaba en la cara como un soplido; tensaba y relajaba su mechón rubio como si estuviera manejado por algún titiritero encerrado hace siglos en la cúpula antigua de ese Café de Vicente López.
En la vereda había viento, pero no hacía frío; al menos no para mí que viví tantos años en el sur. Mi capuchino ya se había enfriado, pero el olor a canela todavía podía sentirse.
La ráfaga de aire que provocaba el tren cuando pasaba en frente revoleaba las hojas de otoño como si fueran papel picado. Pero ni el ruido de los rieles la despertaba de su escritura.
Dibujaba círculos en sus propias palabras y se mojaba los labios apretándolos entre sí. Los tenía secos y un poco pálidos. No usaba rouge ni tampoco aros. Su cara era igual a sus papeles: una hoja en blanco con todo su misterio y adrenalina. 
Estaba tan metida en su mundo, en sus letras y círculos, que no tenía que hacer ningún esfuerzo para esconder mi mirada. Algo de su postura triangular, de su manera de escribir como si estuviera cocinando, de su mechón autónomo y de su tacón desvencijado me imantaban; no podía dejar de mirarla.
Cuando llegó su cortado, parpadeó, dejó la birome y levantó la cabeza. Tomó la taza con las dos manos y sopló el humo empañando sus anteojos. Miró a su alrededor. La luz de los faroles antiguos contrastaba con la noche, las parejas paseaban por la vereda, el tren trotaba en frente, y su mirada se frenó ahí, justo en mi mesa. Me miró. Me desnudó. Me amó. Me odió. Sólo con sus ojos. Con esos ojos tan negros como su café, tan profundos como el abismo de sus piernas, tan ajenos a este mundo, pero tan suyos al fin. Yo me escondí con el diario y me asomé por arriba como un idiota. Ella sonrió levantando sólo el costado derecho de su boca. Tenía una sonrisa torcida, graciosa. Tapó su boca con la taza de café y sopló el humo hacia mí. Pero yo no pude aceptar su invitación y no hice más que cruzar la calle, esquivar un auto y olvidar mi abrigo, el mismo que me hizo volver a encontrarla al día siguiente en el Café. 

Celeste Gomez Wagner