11 de octubre de 2012

Sexo, discurso y política


Una mujer de vientre hinchado que teje escarpines rosas en el asiento de adelante del bondi; ése que le dejaste porque tu súper yo no se calla nunca.
Un tipo con ojeras azules y movimientos apurados que compra una remerita extra small de River para que “Juani” sea, desde el principio, del equipo del papá.
Escenas cotidianas que nos demuestran que nuestro cuerpo, “desde la panza”, ya está cargado de sentido. Hay algo que ya nos dice cómo ser antes de que seamos, antes de que podamos diferenciarnos de esa mujer que nos teje los escarpines y de ese hombre que nos pone una remera. Cosas que, por más boludas que parezcan, quedan impregnadas en la carne en forma de hábitos; influyen en la construcción de nuestra personalidad: nos habilitan ciertas conductas y nos prohíben otras; implican expectativas (ajenas) que casi nunca coinciden con las propias y que nos hacen acostarnos año tras año en un diván de Palermo. Porque en las cosas más simples, en ésas que ni siquiera exigen de nosotros una reflexión previa al hacer, está esa significación, la que nos empapa, la que nos define como sociedad autocreada.
Desde chicos se nos asigna un juguete antes de que podamos elegirlo; juguete que es diferente si sos “nena” o “nene”. Escuchamos frases del estilo: “¿Cómo vas a dejar que el pibe se TE disfrace de mujer?, te va a salir puto”; o “No eructes, nena… ¡sos una mujercita!”.
Sí, sí… Todos pasamos por estas cosas aunque no nos acordemos, tengamos reprimidos los desvíos por dónde no teníamos que ir, o simplemente no se los contemos a nadie. Siempre hicimos algo que se suponía que no teníamos que hacer. Por suerte.
La cuestión se hace más engorrosa cuando estas diferencias de género que encontramos en múltiples situaciones de una juguetería cualquiera, se presentan de otra manera a nivel discursivo. Porque ésta es la era de la “igualdad de género”, ¿o no? Es la era de las mujeres que caminan con tacos altos queriendo comerse el mundo, sin darse cuenta que lo hacen en una góndola de súpermercado y para comprar jugo clight.
Estamos acostumbrados a escuchar la referencia al “todos y todas”, no sólo representativa del discurso “inclusivo” del gobierno, sino –principalmente- de una característica propia del posmodernismo en el que están empapados nuestros cuerpos, nuestros hábitos… hábitos que no hacen más que terminar reproduciendo una división  de género que discrimina, encasilla, limita y circunscribe a cada uno en lo que es antes de ser. Y eso es una forma de control social, no nos engañemos.
Hablamos a nivel general, reconocemos a nivel discursivo la diferencia, “abrimos el debate”, criticamos el rol de la mujer como ama de casa, pero… ¿cuál es la diferencia entre aquella mujer que se representaba en las publicidades gráficas de los ´50 delante de un televisor, y aquella que camina entre las góndolas vestida para ir a tomar el té por Recoleta? ¿Se ha volcado realmente la balanza?
Yo creo que no. Ya no es sólo una mujer madre, sino que ahora es una mujer profesional, decidida, independiente, físicamente hermosa más allá del cansancio, los chicos y el trabajo… Siempre radiante, siempre lista para seguir (produciendo, claro). Es una mujer súperheroe, incluso más héroe que cualquier hombre, porque las cosas se le hacen más difíciles, porque las facetas en donde se la reclama son cada vez más y con una mayor exigencia.
En ese contexto… ¿es realmente libre? Yo creo –paradójicamente- que a pesar de que hoy en día los ámbitos en los que se desarrolla son cada vez más, su “esclavitud” no sólo sigue intacta, sino que se empeora. Se la presiona desde la publicidad, desde los medios, desde los trabajos, desde el hogar, desde la pareja… Es una mujer que parece que no tuviera intervención de la ley -entendida desde el psicoanálisis-, que se llevara todo por delante. Aunque no reconoce que cuando se lleva todo por delante se está inmolando junto con ello. Se está cayendo en la góndola.
La diferencia de género sigue presente de la manera tajante y clausurada en la que existió siempre, pero el mecanismo ideológico se encarnó en nuevas formas. Hoy, el reconocimiento a nivel discursivo parece que bastara para darle a las mujeres su lugar. El hecho de tener una presidenta al mando refuerza la idea, apoyada en la construcción de la imagen de una mujer sufrida, pero valerosa: “una mujer que mantiene el país”.
Pero yo me pregunto: ¿qué ha hecho esa mujer por las demás mujeres? ¿Qué ha hecho esa mujer por las tantas que permanecen desaparecidas como esclavas sexuales? El reconocimiento de un rubro en el diario está en el mismo nivel discursivo que decir que en Argentina hoy no existen desaparecidos, que no existe explotación de ninguna índole, que estamos en una democracia más democrática.
¿Qué hay entre la real inclusión y el reconocimiento discursivo? Un mecanismo publicitario, claro está; un no reconocimiento de que la diferencia sexual no se encuentra equilibrada. Que aunque seamos un “todos” disgregado en un “todos” y “todas”, aún son los “todos” sobre “todas”.