3 de noviembre de 2011

Voracidad,

anotaciones vomitadas

Desde atrás hasta acá; desde acá al principio. Quién fui, qué soy, qué quiero... Creo que hay una parte en mí que nació fallada, que me pusieron mal, que sacaron de otro lado. Siento que busco compartir, amar, brindarme... es eso lo que me hace sentir bien, lo que me llena en todo sentido. Como esa niña que fui, que soy, que siempre voy a ser en el fondo, estoy enamorada del amor. Sí, soy de esas que tildan de cursis, de tontas, de sensibles... Pero para mí es algo intrínseco, es parte de mí, de mi cuerpo, de mi carne. Funciona como un grito que siempre está ahí, a veces callado, a veces furioso. Más o menos escuchado; más o menos disimulado; siempre está.
En esta época donde reinan los ombligos con forma de espiral, la superficialidad, la soledad, todos argumentan centrarse en sí mismos, como si estar totalmente solos fuera la fórmula para descubirse. Yo no creo que sea así. Y no que por eso sea un problema mío, de autoestima, de aburrimiento. No sé si soy yo la que está equivocada o si es este puto paradigma que tiene como ideal a un hombre/mujer autosuficiente, aislado, hedonista; o sea, frío, egoísta. "Primero ponete bien vos, después, enamorate". ¿Qué carajo es eso? Primero lo primero, segundo lo segundo: jerarquías, nada más viejo que eso. ¿No es lo mismo con distinto nombre? Noo, pero hoy la orden del día es priorizarse a uno mismo, en un gran "sálvense quien pueda" que llega también al plano del amor, de las emociones. Sí, porque las emociones, a pesar de tener un lugarcito alquilado en el cerebro, no se pueden separar de la razón. La dicotomía mente-corazón es una farsa sobre la que seguimos y seguimos dando vueltas.
Yo me pregunto si realmente tengo que dejar de esperar, de sentir, de amar... pero, ¿por qué? ¡Si es mi manera de ser! Por qué el juicio, por qué las recetas de cómo se supone que deberías vivir, qué se supone que deberías hacer a tu edad. No hay nada más arbitrario que la edad, de hecho. Es verdad, ser sensible es más difícil que armarse de una coraza porque se sufre, y mucho. Pero a la vez es más sincero, más osado... implica animarse. Tanto se habla hoy de animarse y qué cagones somos en tantas cosas. Dejamos que decidan los miedos, los prejuicios, los reparos justificándonos en "dejar fluir" (¿laissez-faise?) Yo no quiero (ni puedo) separar a mi corazón de mi cabeza porque soy un todo. No puedo pensar qué debería sentir o qué debería hacer; creo que en vez de eso es sólo es cuestión de tener la valentía de aceptar lo que se siente.
La voracidad es vista como desmedida, como irreal, como utópica, pero a mí me parece más utópico pensar que nadie necesita de nadie, que nadie aprende mejor con otro, que somos iguales solos. ¿Hasta qué punto transformamos a los demás es un cálculo de probablidades? Si me hacés bien, bien; si no, chau. Utilitarismo reencarnado, nada más que eso.
Somos seres sociales, eso no se puede negar, como tampoco podemos negar que somos animales también. Tenemos un radar emocional, elegimos, a veces como el orto pero elegimos. Y la mayoría de las veces, aunque se diga lo contrario por verguenza al qué dirán, elegimos con el corazón. Y nos deseamos, nos encontramos, nos separamos; y al hacerlo, crecemos nosotros mismos, más de lo que podríamos crecer estando solos, no tengo duda. Porque estando solos no tenemos quién nos sensibilice, quién nos toque el alma... sólo estamos ahí, el mundo y nosotros en un círculo de seguridad. Eso me parece más utópico y a la vez -contradictoriamente- real: es miedo, nada más humano que eso.
Hoy que las "búsquedas personales", el karma y el zen están a la orden, yo estoy cansada. No de que existan, porque las hay y las habrá siempre mientras haya hombres y mujeres que piensan y se buscan a sí mismos. Pero me pregunto qué pasó con esos hombres y mujeres que sentían, que se apasionaban, que luchaban por amor, que lloraban por amor... ¿Dónde están? Yo quiero ir ahí.

2 de noviembre de 2011

Per@s

Si me escurro entre las líneas de tu verso,
si exhalo en otro idioma tus palabras,
si levanto mis talones y te alanzo,
si no me alcanza el anzuelo de tu pelo,
si descruzo mis manos sobre tu pecho,
si me despecho por el grito de tu boca,
si no llego a saltar tus laberintos,
si me olvidara de las peras masculinas,
ya no habría hoy ni ayer;
"hasta mañana"

19 de octubre de 2011

Me enteré en un shopping


“No lo puedo creer”, me dijo lavándose el pis de la mano. Después se enjuagó la frente transpirada y el lápiz negro que le había dibujado ojeras de carbón. En cuanto salimos del baño, me compré el libro “Qué hacer” de Pablo Katchadjian.
El Shopping queda a unas pocas cuadras de mi casa. Suelo no ir, aunque esta vez no me quedó otra opción: es sábado y los demás negocios del barrio cierran a la hora de la siesta.
A penas entro, el olor a lavanda del desodorante de ambiente me hace estornudar. Veo a las personas entrar y salir como si se tratara de una especie de compuerta. Los que salen sienten el calor o el frío del ambiente con la fuerza de una trompada; mientras que a los que entran, se les aminora el paso. Puede percibirse como van relajando el cuerpo: las manos cuelgan a los costados de las piernas, las facciones se descomprimen, los pies son arrastrados por el piso como si algo en la entrada les produjera un efecto alucinógeno parecido a estar drogado o borracho, o ambas a la vez.
Las personas pasan por la puerta de entrada en efecto filtro: llegan con el ímpetu de un chorro de agua y se deslizan como gotas tontas y pegajosas que se chocan al caminar.
Nosotras no somos tan distintas, aunque desentonamos con los demás visitantes; eso es claro. Ella tiene un jogging gris y unas zapatillas de cordones verdes y yo, un pulóver con los puños desteñidos. A pesar de eso, nadie nos mira, ni siquiera las cuasi-señoras que discuten con sus hijas en un dialecto nasal poco entendible.
Nuestras zapatillas de suela de goma patinan en el piso encerado, de manera que ni siquiera tenemos que hacer fuerza para levantar los pies. La música funcional acompaña nuestra caminata; las plantas de plástico, las palmeras falsas y el olor a café forman nuestro paisaje. Sin embargo, aunque este gran útero está pensado para el disfrute, me siento inquieta, encerrada. Me pone nerviosa ver cómo la gente camina en cámara lenta, formando filas invisibles parecidas a las cuerdas de una guitarra, donde todos están afinados en armonía para que suenen como deben hacerlo.
En el medio del lugar, fuentes de agua escupida y acumulada entre la loza como si fuera un buche, amontonan niños que tiran ingenuamente monedas a cambio de deseos. Como una niña más, mi amiga cierra los ojos y aprieta en su puño derecho una moneda de diez centavos. Lo lanza y, al caer, el agua nos salpica la cara, corriéndole la pintura de los ojos. Después se sumerge en el fondo de la fuente, junto con los demás deseos pendientes.
Antes de llegar a la farmacia, quise comprar un libro, pero preferí acompañarla primero. Aún así, me distraje con los colores de un local y me quedé mirando uno por uno una decena de aros casi idénticos. Al fin y al cabo pareciera que una vez goteada adentro del tarro, no queda otra opción más que ser café al igual que el resto.
En el mostrador, ella tardó varios minutos en hablar. Mientras lo meditaba, me quedé mirando las estanterías de la perfumería. Me distraía su olor a transpiración tan fuerte que le marcaba un semicírculo amarillo en las axilas de la musculosa blanca.  
Después de pagar, miramos los pañuelos que tenían colgados en una especie de corbatero giratorio que al empujar crujía como los gritos agudos de esas mujeres de voz nasal que pasean por los pasillos.  
Antes de entrar al baño, compramos puchos y unos chicles de menta.
Una vez ahí, los papeles en el cesto, los espejos sin manchas de dentífrico, el jabón líquido con olor a limón, ningún pelo, ninguna toalla, ninguna revista, ningún olor, hacían de ése un baño neutro, blanco, insípido. No se parecía en nada al de mi casa, pero tampoco parecía un baño, donde históricamente hay olor a mierda y no a fruta.
Habrá habido en total, ocho personas delante del espejo. Algunas mujeres se peinaban; otras, se maquillaban; otras se lavaban las manos; dos o tres hablaban por celular; y una limpiaba lo que las demás tiraban al suelo.
Yo entré con ella para hacerle compañía. Mientras se bajaba la bombacha, me di vuelta y me apreté contra la puerta. Me puse a leer el envase de los chicles para pasar el tiempo, pero me distraía su imagen reflejada en las baldosas casi plastificadas. Con una mano se sostenía de la pared haciendo equilibrio y, con la otra, ponía la pipeta debajo del chorro de pis.
No sé cuanto tiempo pasó porque me distraje haciendo globos con el chicle y mirando los conductos de ventilación del techo, desde donde siempre imaginé que te espiaban. Escuché varias veces al chorro acabar y empezar de nuevo. Hasta que dio dos rayas.
Ella se levantó la bombacha, se abrochó el pantalón y se arregló el escote. Parecía que iba a llorar, pero no lloró. Parecía que iba a hablar, pero tampoco dijo nada, hasta que llegó al lavatorio para enjuagarse el pis de las manos. 



foto: RoseMarie M Camus 2010 Copyright ©

15 de septiembre de 2011

Inspiraciones

    UTOPÍAS
 
     Cómo voy a creer / dijo el fulano
     que el mundo se quedó sin utopías
     cómo voy a creer
     que la esperanza es un olvido
     o que el placer una tristeza
     cómo voy a creer / dijo el fulano
     que el universo es una ruina
     aunque lo sea
     o que la muerte es el silencio
     aunque lo sea
     cómo voy a creer
     que el horizonte es la frontera
     que el mar es nadie
     que la noche es nada
     cómo voy a creer / dijo el fulano
     que tu cuerpo / mengana
     no es algo más de lo que palpo
     o que tu amor
     ese remoto amor que me destinas
     no es el desnudo de tus ojos
     la parsimonia de tus manos
     cómo voy a creer / mengana austral
     que sos tan sólo lo que miro
     acaricio o penetro
     cómo voy a creer / dijo el fulano
     que la útopia ya no existe
     si vos / mengana dulce
     osada / eterna
     si vos / sos mi utopía.
M.Benedetti

14 de septiembre de 2011

Toboganes



Los niños son la llave
para abrir esa puerta que se cerró hace mucho.
Ellos llevan en sus ojos,
el desencanto de las hamacas vacías.
Tienen el cuerpo distante
y la inocencia truncada.
Pero llevan en sus manitos
la posibilidad de empuñar
el arma de la imaginación
y pintar con crayones un mundo
que les permita "ser" en libertad.

Enfermedad de la piel ignorada

(pueden acompañar la lectura de estas anotaciones espontáneas
con el tema de Pearl Jam en la izquierda del blog; o no)

Razón vs Deseo.
Dicotomías.
Tema hablado hasta el hartazgo, pero por alguna razón siempre retomado.
Pulsiones.
Reacciones que parecieran surgir desde algún espacio escondido, innaccesible, anárquico... (¿inconsciente?)
Qué importa de qué se trata; el problema es lo que genera.
Mientras la boca se abre y emite una catarata de frases coherentes, razonadas, regidas por las leyes de una ilusa maximización de beneficios; el cuerpo transpira. Quizá ése sea el primer síntoma de la enfermedad de la piel ignorada. Se dice que ella tiene memoria: no hay nada más cliché, pero -a la vez- más cierto que eso.
Cómo hacer para ocultar ese sudor caliente que empapa la camisa.
Cómo hacer para ignorar ese nudo que se siente en la garganta mientras decimos el discurso ensayado mil veces adelante del espejo.
Cómo hacer para ignorar el cosquilleo de las palmas, el olor impregnado en las almohadas, la incomodidad de la mirada directa, la revolución de ácidos en el estómago...
Recuerdos de noctámbulos, razonamientos de despiertos que no encuentran nunca solución porque dependen -para continuar existiendo- de su presencia mutua, de su oposión: uno no es sin el otro.
Así conviven; esa es su manera. De vez en cuando alguno parece ceder y entonces las cosas resultan más fáciles. Pero si fracasa, no tarda en culpar al contrario, de modo que la pelea resulta infinita, inacabable...
Al igual que los pensamientos recordados o los recuerdos razonados que parecen no acabarse nunca mientras me quitan el sueño o se apoderan de él en mis noches desveladas.

12 de julio de 2011

Fichas de ensueño

Ella deshizo con cuidado el nudo, lo desajustó y dejó las zapatillas debajo de su cama. Se acostó, apagó la luz y miró el techo. Cerró los ojos como buscando para sus adentros alguna respuesta que no llegaba. Los abrió de nuevo. Arriba, el blanco pálido, insípido. En su mente, un deseo de sol.
Movía sus pupilas de un lado a otro como si no pudiera retener ningún pensamiento por mucho tiempo, como si se escurrieran así nomás mientras ella los dejaba huir, indiferente. Por un momento contemplaba su vida como si se tratase un film extraño, de planos cortos y abstractos que la tenían como protagonista. Sin embargo no la inquietaba; veía como un juego imaginarlos en combinaciones extrañas, como si por un momento pudiera cambiar el orden y fuera capaz de reconstruir lo destruido, gobernar el tiempo y hacerlo retroceder y volver a andar como un tic tac de vida. Se divertía armando un rompecabezas con espacios vacíos, con encastres falsos. Pero, al fin de cuentas, era inevitable verse allí, era ella. ¿Era ella?
El pensamiento se escurrió de nuevo y su cabeza se hundió en la almohada. Quizá entre sueños encuentre sus fichas perdidas en los techos insípidos de otras almas inquietas.