11 de octubre de 2012

Sexo, discurso y política


Una mujer de vientre hinchado que teje escarpines rosas en el asiento de adelante del bondi; ése que le dejaste porque tu súper yo no se calla nunca.
Un tipo con ojeras azules y movimientos apurados que compra una remerita extra small de River para que “Juani” sea, desde el principio, del equipo del papá.
Escenas cotidianas que nos demuestran que nuestro cuerpo, “desde la panza”, ya está cargado de sentido. Hay algo que ya nos dice cómo ser antes de que seamos, antes de que podamos diferenciarnos de esa mujer que nos teje los escarpines y de ese hombre que nos pone una remera. Cosas que, por más boludas que parezcan, quedan impregnadas en la carne en forma de hábitos; influyen en la construcción de nuestra personalidad: nos habilitan ciertas conductas y nos prohíben otras; implican expectativas (ajenas) que casi nunca coinciden con las propias y que nos hacen acostarnos año tras año en un diván de Palermo. Porque en las cosas más simples, en ésas que ni siquiera exigen de nosotros una reflexión previa al hacer, está esa significación, la que nos empapa, la que nos define como sociedad autocreada.
Desde chicos se nos asigna un juguete antes de que podamos elegirlo; juguete que es diferente si sos “nena” o “nene”. Escuchamos frases del estilo: “¿Cómo vas a dejar que el pibe se TE disfrace de mujer?, te va a salir puto”; o “No eructes, nena… ¡sos una mujercita!”.
Sí, sí… Todos pasamos por estas cosas aunque no nos acordemos, tengamos reprimidos los desvíos por dónde no teníamos que ir, o simplemente no se los contemos a nadie. Siempre hicimos algo que se suponía que no teníamos que hacer. Por suerte.
La cuestión se hace más engorrosa cuando estas diferencias de género que encontramos en múltiples situaciones de una juguetería cualquiera, se presentan de otra manera a nivel discursivo. Porque ésta es la era de la “igualdad de género”, ¿o no? Es la era de las mujeres que caminan con tacos altos queriendo comerse el mundo, sin darse cuenta que lo hacen en una góndola de súpermercado y para comprar jugo clight.
Estamos acostumbrados a escuchar la referencia al “todos y todas”, no sólo representativa del discurso “inclusivo” del gobierno, sino –principalmente- de una característica propia del posmodernismo en el que están empapados nuestros cuerpos, nuestros hábitos… hábitos que no hacen más que terminar reproduciendo una división  de género que discrimina, encasilla, limita y circunscribe a cada uno en lo que es antes de ser. Y eso es una forma de control social, no nos engañemos.
Hablamos a nivel general, reconocemos a nivel discursivo la diferencia, “abrimos el debate”, criticamos el rol de la mujer como ama de casa, pero… ¿cuál es la diferencia entre aquella mujer que se representaba en las publicidades gráficas de los ´50 delante de un televisor, y aquella que camina entre las góndolas vestida para ir a tomar el té por Recoleta? ¿Se ha volcado realmente la balanza?
Yo creo que no. Ya no es sólo una mujer madre, sino que ahora es una mujer profesional, decidida, independiente, físicamente hermosa más allá del cansancio, los chicos y el trabajo… Siempre radiante, siempre lista para seguir (produciendo, claro). Es una mujer súperheroe, incluso más héroe que cualquier hombre, porque las cosas se le hacen más difíciles, porque las facetas en donde se la reclama son cada vez más y con una mayor exigencia.
En ese contexto… ¿es realmente libre? Yo creo –paradójicamente- que a pesar de que hoy en día los ámbitos en los que se desarrolla son cada vez más, su “esclavitud” no sólo sigue intacta, sino que se empeora. Se la presiona desde la publicidad, desde los medios, desde los trabajos, desde el hogar, desde la pareja… Es una mujer que parece que no tuviera intervención de la ley -entendida desde el psicoanálisis-, que se llevara todo por delante. Aunque no reconoce que cuando se lleva todo por delante se está inmolando junto con ello. Se está cayendo en la góndola.
La diferencia de género sigue presente de la manera tajante y clausurada en la que existió siempre, pero el mecanismo ideológico se encarnó en nuevas formas. Hoy, el reconocimiento a nivel discursivo parece que bastara para darle a las mujeres su lugar. El hecho de tener una presidenta al mando refuerza la idea, apoyada en la construcción de la imagen de una mujer sufrida, pero valerosa: “una mujer que mantiene el país”.
Pero yo me pregunto: ¿qué ha hecho esa mujer por las demás mujeres? ¿Qué ha hecho esa mujer por las tantas que permanecen desaparecidas como esclavas sexuales? El reconocimiento de un rubro en el diario está en el mismo nivel discursivo que decir que en Argentina hoy no existen desaparecidos, que no existe explotación de ninguna índole, que estamos en una democracia más democrática.
¿Qué hay entre la real inclusión y el reconocimiento discursivo? Un mecanismo publicitario, claro está; un no reconocimiento de que la diferencia sexual no se encuentra equilibrada. Que aunque seamos un “todos” disgregado en un “todos” y “todas”, aún son los “todos” sobre “todas”.


29 de agosto de 2012

Sopa de letras


Una mano que escribe en silencio.
Concentración. Pausa.
Dedos que revuelven una maraña de pelo,
como si de él fuera a caer alguna idea
que empape el papel.
Un papel escrito sólo con tachones y ninguna letra.
Letras que se mezclan en el plato de una sopa caliente
y forman anagramas imprecisos.
Una cuchara que revuelve el plato, vacilante.
El vapor que sube y empaña los anteojos.
El calor que llega a los poros y gotea sobre la sopa. 
Dos letras separadas, flotantes.  
Dos letras unidas por el mismo calor,
por el mismo olor a caldo casero impregnado en la masa.  
Dos letras que no pueden formar ninguna palabra,
Pero sí una sílaba tónica.  
La cuchara que revuelve el plato y forma espirales de humo.
Un manojo de letras que giran y son cazadas.
Una nariz fría de invierno, húmeda.
Una boca de labios secos y ásperos que engulle las letras. 
Y ahí van, las dos juntas,
a formar versos en conductos subterráneos. 

16 de agosto de 2012

Sexualidad en la escuela


Educación sexual en las aulas: hablemos de lo que se ve y no se habla

Cinco de la tarde en Cabildo y Juramento. La plaza redonda cercada por feriantes con sus paños de colores. Una banda de rock tocando “Barro tal vez” del flaco. Niños corriendo y jugando entre la gente. Una persona disfrazada de preservativo rojo en la esquina.
Retrato particular de otoño, digno de una fotografía bizarra o vanguardista que quizá no llega a advertirse por los transeúntes distraídos a no ser que aparezca al día siguiente en algún diario posmo.
El acompañante del preservativo -que, siguiendo la metáfora, bien podría estar disfrazado de envoltorio informativo- me repartió un volante. Ahí me enteré que se trataba de la Cruz Roja en una campaña de prevención contra el VIH.
Más allá de lo graciosa (o pintoresca) que me haya parecido la manera de encarar la temática, símil a la campaña de marketing de una firma conocida de empanadas, fue otra situación particular la que capturó mi atención.
Un niño que parecía tener unos seis o siete años agarró uno de los volantes que estaban tirados en el piso y rió al ver los dibujos que indicaban cómo ponerse un preservativo. Cuando la madre, que hasta el momento tomaba mate tranquila en uno de los puestos de la feria, vio lo que el niño hacía, le sacó el volante de la mano y lo retó por “agarrar cosas del piso”.
El niño quedó confundido, pero a pesar del reto no dejó de mirar al preservativo que llevaba estampada una cara sonriente como si se tratase de un Barnie moderno, transportado ahí desde alguna película retro de Isat a la medianoche.
Algo había quedado insatisfecho en ese niño. Su pregunta, su curiosidad se había interrumpido por esa respuesta que odiábamos todos cuando éramos chicos: “porque sí”. Pero que se hubiera interrumpido no significaba su desaparición.
Ahí es donde me quedé pensando. En qué sucede con esa pregunta y por qué el adulto termina por desplazarla, por darle otro título en lugar de hacerse cargo de ella tal cual es. ¿Tantas dificultades tenemos para abordar la sexualidad como temática y como problemática? Y lo pregunto como adultos porque somos nosotros a quienes deberían recurrir los niños –aunque no únicamente- en busca de respuestas, en su deseo de entender el mundo que los rodea y las circunstancias que hacen que se encuentren con estímulos que les provocan dichas preguntas en más de una oportunidad y en más de un medio a la vez.
Los niños nacen hoy en un ciberespacio y poseen una nueva alfabetización de la que carecen las generaciones anteriores. Tienen a su disposición un caudal enorme de información proveída por la industria cultural de esta época, de la que nadie –aunque algunos se esfuercen por diferenciarse al nivel del packaging- está exento.
Somos una generación erotizada y erotizante, en la cual la sexualidad aparece representada como si fuera un sinónimo de sexo. Estamos atravesados por discursos embebidos en esta concepción; los consumimos, los desviamos, los desandamos, pero no dejamos por eso de estar “inscriptos” por ellos y en ellos.
¿Qué es lo que sucede aquí entonces? ¿Qué es lo que pasa con los mecanismos mediadores? ¿Dónde están los padres? ¿Qué lugar ocupa la escuela?
Algunos podrán señalar rápidamente que la escuela “se encarga del tema”, que los niños tienen desde hace años materias del estilo: “Salud y adolescencia”; “educación sexual”, en sus currículas escolares.
Ajá. Muy bien, pero ¿qué se aprende en esas materias? Enfermedades de transmisión sexual, órganos reproductores, ciclo femenino… Sin enumerar las charlas de la tradicional empresa que contesta preguntas y reparte merchandising.
Pero claro, las respuestas siempre se dan a las preguntas hechas en voz alta…
¿Qué hay detrás de esa “educación”? ¿Existe tal educación en un sentido amplio; o nos concentramos en lo teórico para “rodear” el tema, para hablarlo sin hablarlo?
Como puntapié, me pregunté por mi propia historia; por mis primeras curiosidades, las cosas que escuchaba, los mitos, las intrigas, la picardía, las “charlas de mujeres”… En fin, me pregunté por mis primeras preguntas con respecto a la sexualidad y me encontré con que la escuela poco pudo dar respuesta y lo que hizo en su lugar fue relegar el tema, castigando, pero no escuchando...


nota: próxima ampliación con entrevista a una psicoanalista que pudo contestar muchas de mis preguntas y abrir el tema en distintas direcciones, dejándome mucho más por pensar y recorrer.


Carne y vida

Un cuerpo inquieto enredado en dos telas,
un cuerpo movedizo, errático.
Un cuerpo poroso,
un cuerpo deseado,
un cuerpo vedado por ser cuerpo.
Cuerpo sudado,
cuerpo ignorado,
cuerpo rozado con sabor a cuerpo.
Un cuerpo torcido,
un cuerpo maleado,
un cuerpo entrelazado con otro cuerpo.
Cuerpo boquiabierto,
inacabado,
cuerpo anhelado por ser cuerpo.
Un cuerpo escurridizo,
un cuerpo hallado,
un cuerpo y el mar en tu mismo cuerpo.

6 de junio de 2012

EN-CUENTrOS

Hoy: Café de París

Ella cruzó Azcuénaga esquivando un auto; le sonó el teléfono y se le cayó el abrigo. Lo levantó intentando no pisar a una paloma que caminaba haciendo zigzag entre sus tacones colorados. Acomodó su bolso en el respaldo de la silla y se sentó en una mesa de las que están en la vereda, justo en diagonal a la mía y al lado de la puerta principal del Café. Despegó una hoja de otoño de su tacón y pidió un cortado. Una media se le enganchó con el cierre de su cartera y le dibujó un rayón. Intentó estirar su vestido azul de terciopelo para que lo cubriera, pero terminó por cansarse y dejarlo al descubierto. Todavía tengo el recuerdo de sus medias color café atravesadas por una cicatriz pálida. Nunca más vi unas piernas como ésas.
Desparramó carpetas y papeles sobre la mesa de madera. Una birome se filtró entre las vetas y cayó al suelo. La pateó para acercarla y se acomodó sacudiendo su espalda y sus brazos como un perro recién salido del agua. Se puso a escribir de forma apretada y nerviosa, con la cabeza casi plegada sobre el pecho y un mechón amarillo que le tapaba los anteojos.
El aire que se producía por el abrir y cerrar de la puerta principal le pegaba en la cara como un soplido; tensaba y relajaba su mechón rubio como si estuviera manejado por algún titiritero encerrado hace siglos en la cúpula antigua de ese Café de Vicente López.
En la vereda había viento, pero no hacía frío; al menos no para mí que viví tantos años en el sur. Mi capuchino ya se había enfriado, pero el olor a canela todavía podía sentirse.
La ráfaga de aire que provocaba el tren cuando pasaba en frente revoleaba las hojas de otoño como si fueran papel picado. Pero ni el ruido de los rieles la despertaba de su escritura.
Dibujaba círculos en sus propias palabras y se mojaba los labios apretándolos entre sí. Los tenía secos y un poco pálidos. No usaba rouge ni tampoco aros. Su cara era igual a sus papeles: una hoja en blanco con todo su misterio y adrenalina. 
Estaba tan metida en su mundo, en sus letras y círculos, que no tenía que hacer ningún esfuerzo para esconder mi mirada. Algo de su postura triangular, de su manera de escribir como si estuviera cocinando, de su mechón autónomo y de su tacón desvencijado me imantaban; no podía dejar de mirarla.
Cuando llegó su cortado, parpadeó, dejó la birome y levantó la cabeza. Tomó la taza con las dos manos y sopló el humo empañando sus anteojos. Miró a su alrededor. La luz de los faroles antiguos contrastaba con la noche, las parejas paseaban por la vereda, el tren trotaba en frente, y su mirada se frenó ahí, justo en mi mesa. Me miró. Me desnudó. Me amó. Me odió. Sólo con sus ojos. Con esos ojos tan negros como su café, tan profundos como el abismo de sus piernas, tan ajenos a este mundo, pero tan suyos al fin. Yo me escondí con el diario y me asomé por arriba como un idiota. Ella sonrió levantando sólo el costado derecho de su boca. Tenía una sonrisa torcida, graciosa. Tapó su boca con la taza de café y sopló el humo hacia mí. Pero yo no pude aceptar su invitación y no hice más que cruzar la calle, esquivar un auto y olvidar mi abrigo, el mismo que me hizo volver a encontrarla al día siguiente en el Café. 

Celeste Gomez Wagner

9 de mayo de 2012

ERA DIGITAL: Re-pensar el encuentro


Cuatro puntos de vista sobre el encuentro en la era digital

En algunas oportunidades, al referirse al fenómeno de Internet, algunos pensadores lo comparan con la Imprenta, en el sentido en que generó (y sigue generando) una revolución en relación a los cambios que produce en nuestra propia subjetividad. Esto quiere decir que estamos viviendo, con la misma lógica de aceleración con la que se producen los intercambios, reconfiguraciones que nos modifican en tanto sujetos individuales y colectivos. En la red, en este nuevo espacio en donde convergen distintos medios y lenguajes, se abre un horizonte nuevo de expectativas, de deseos y de pensamientos que antes no eran posibles ni “pensables”.
Siempre que hablamos de tecnología, se abre un debate que nada tiene de nuevo y que se ha presentado en diferentes ocasiones de nuestra historia en donde un nuevo conocimiento fue capaz de poner en jaque alguna de las ideas o paradigmas que hegemonizaban el pensamiento de la época. Nos referimos a la contraposición entre aquellos que la conciben como un avance (para no entrar en el polémico “progreso”) y quienes la ven aún como una “amenaza” contra ciertas prácticas tradicionales.
Con respecto a esto me resulta interesante revisar qué concepción de tecnología subyace a ambas posturas, ya que éste puede ser uno de los ejes esclarecedores. Al indagar, encontramos que el debate se centra en la computación, telefonía móvil, etc, etc.
Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿es que antes de la aparición de dichos “avances”no existía la tecnología?
Para poder pensar en otro punto de vista acerca del tema, tomaremos hoy una concepción más amplia que entiende como “tecnología” todo aquello que prolongue nuestro cuerpo y nuestros sentidos (McLuhan). Esto nos permite pensar en algo tan sencillo como la ropa que sería, por ejemplo, la extensión de nuestra piel.
Sin embargo, muchos podrán rápidamente señalarme que esta definición lo único que hace es desplazar el problema, dispersarlo, ya que lo que realmente se constituye como el centro de la disputa son los efectos de dichos “avances” en la vida de las personas.
En este sentido, no podemos negar que las tecnologías influyen en la percepción que tenemos del mundo, ya que son parte de la rutina diaria de una gran parte de la población mundial. De hecho, a partir de la extensión de su uso, nuestra concepción del espacio y del tiempo se vieron transformadas: todo pareciera ser ahora más rápido, exigir de nosotros una atención (y conexión) permanente para “estar al día”; y, a su vez, los lugares parecieran estar más cerca.
La relación con un “otro”, obviamente, no escapa a este marco de mutaciones.
Alguien capaz de analizar los efectos psicológicos de estas nuevas prácticas podría profundizar el tema con mayor precisión y probablemente señalaría la tendencia hacia un repliegue de cada persona sobre sí misma, lo cual conlleva al individualismo, al miedo al contacto real con el otro, a la importancia de la estética (no nos olvidemos que las redes sociales son una estética por sí mismas), entre muchas otras problemáticas.
Sin embargo, y lejos de pretender hacer caso omiso a estas tendencias, propongo pensar también en los espacios que se abren en las distintas plataformas, donde muchos intercambian y comparten información con otros muchos (aunque, cuídese de considerar que decimos “muchos” y no “todos”, ya que así como esta lógica integra, también deja de lado a quienes no tienen la posibilidad de acceso), y en las nuevas formas de encuentro que se generan en dichos espacios.
Las comunidades virtuales, por ejemplo, conforman una nueva forma organizativa y constituyen una expresión de la dinámica que venimos explicando, promoviendo la participación y el acercamiento de los usuarios.
Es a raíz de estos nuevos contactos, de estas nuevas formas de debate y de construcción conjunta de la información, que hoy nos proponemos pensar en distintos tipos de encuentros que se generan en la red, de acuerdo a diferentes motivaciones y puntos de vista. Lejos de intentar abarcar todas las aristas, nos concentraremos en cuatro casos, pudiendo el lector agregar cualquier otro que crea conveniente. 

Celeste Gomez Wagner
celestegwagner@yahoo.com.ar


PUNTO DE VISTA COMERCIAL/PUBLICITARIO
Por Marcos Veleff (director de la revista “Punto y Aparte”)

Vender en la web

Debido al nivel de flujos que genera hoy en día Internet como herramienta, como emprendedor y empresario no sería razonable hacer caso omiso a sus posibilidades, encasillándonos en las formas más tradicionales. No se trata tampoco de cortar abruptamente con ellas, ya que tienen una trayectoria marcada en la propia subjetividad de las personas.
Sin embargo, hoy en día, Internet ha revolucionado las propuestas de comunicación y hay que aggiornarse para que nuestro negocio crezca y se fortalezca.
En el caso de Punto y Aparte en particular, con 21 años de vida en el mercado, nos hemos visto en la necesidad de renovar la propuesta para poder brindarle al cliente un servicio más integral que no deje de incluir el producto con el que nos identificamos, pero tampoco quede en desventaja con respecto a otras alternativas.
Considerando la importancia (y efectividad) que ha adquirido el mundo digital, diseñamos una propuesta que se ajusta a las necesidades del auspiciante, de manera de utilizar la rapidez, los bajos costos y la enorme llegada que tienen los nuevos medios.
Las comunidades virtuales (como Facebook o Twitter) ofrecen un espacio ideal para construir una imagen personal (tengamos en cuenta que en estas nuevas plataformas lo que más predomina es la imagen) y establecer contactos con potenciales clientes, lectores o colegas. En esa construcción de imagen, en esa búsqueda de conexiones y de aportes en cuanto a contenido, hay que encontrar los caminos para establecer una relación comercial que no implique la publicidad de manera agresiva y directa (spam).
De todas formas, sabemos que adentrarse en esta nueva alfabetización exige trabajo, constancia y tiempo. Tiempo para conocer la herramienta, para saber cuál es la mejor manera de publicar, cuáles son los contenidos que más le interesan a los lectores internautas cuya mirada es veloz y dispersa; tiempo para conocer cómo lidiar con los ritmos rápidos y con los caudales de información enormes y fragmentados.
Pero la idea es no tenerle miedo. En principio, para cualquier emprendedor y sobre todo para los que crecimos fuera de esta lógica, es un trabajo de aprendizaje, de prueba y error; pero a fin de cuentas los resultados son eficaces, ya que en unos pocos segundos, muchas personas pueden estar compartiendo contenidos con nosotros, creando así, una comunidad más allá del espacio físico del barrio, una comunidad que expande sus propios límites y que permite hacer de Punto y Aparte un proyecto más participativo.


PUNTO DE VISTA ACADÉMICO
Por Agustina Migliorini (profesora-ayudante UBA)

Comunidades virtuales como extensión del aula

¿Cuántos usos distintos se pueden asignar a los nuevos medios? Evolucionamos a la par de aquellas herramientas que creamos y nunca volvemos a ser los mismos. El ritmo de nuestras rutinas, las preguntas cotidianas y las relaciones personales se reconfiguran y toman caminos alternativos. Si los medios funcionan como una prolongación de los sentidos, ¿por qué no pensarlos como una posibilidad para extender el trabajo en el aula?
Hoy en día las distintas plataformas a las que se puede acceder a través de Internet nos permiten crear un espacio de debate. Brindan la oportunidad de superar el límite horario planteado por las clases y continuar la puesta en común y el trabajo colaborativo desde la pantalla. Las comunidades reúnen consignas, inquietudes, disparadores, notas de interés, insumos y críticas constructivas. A través de la apropiación y resignificación de contenidos es posible potenciar la creación de proyectos donde los conceptos, la iniciativa, los consumos culturales, la creatividad, el compromiso y las ventajas que ofrece cada herramienta para generar experiencias mediáticas, conforman un “cóctel” en continuo proceso de experimentación, capaz de reinventarse y cuyo potencial se pone en juego todos los días.


PUNTO DE VISTA SOCIO-HISTÓRICO

Proyecto Malvinas30

“Malvinas30” es un documental interactivo que cuenta con el apoyo de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, y que se propone a través del uso de herramientas digitales, re/vivir los acontecimientos de la Guerra de Malvinas, tal como sucedieron durante el año 1982. Se trata de un documental “transmedia” experimental en el que cada plataforma utilizada en el proyecto tiene una producción propia para que el conjunto de realizaciones formen un todo homogéneo.
La interactividad de Malvinas30 se centra en la participación activa de los usuarios concebida como uno de los ejes principales del proyecto.
La propuesta es romper con el esquema tradicional documental; Malvinas30 cuenta lo que está pasando, el presente del año 1982; es una suerte de máquina del tiempo virtual que propone un acercamiento no tradicional a uno de los hechos más controvertidos de la historia argentina reciente a través de la tecnología digital.

Cómo buscarlo:

T: @Malvinas30
@SoldadoM30
F: Malvinas30
Sitio: www.malvinastreinta.com.ar
Mail: malvinas2012@gmail.com


PUNTO DE VISTA SOCIAL-VECINAL
Por Dolores Rodríguez Villegas (Estudiante Cs. De la Comunicación – UBA- Miembro de “Tren Cultural Raíces”)

La web como espacio de acción: Tren Cultural Raíces

Nosotros somos Tren cultural Raíces, un grupo de vecinos autoconvocados, que quisimos movilizarnos en esta era de crisis de los encuentros cara a cara. El uso masivo de las nuevas tecnologías y la gran oferta de medios de comunicación han puesto en jaque a los espacios tradicionales de encuentro.
Las plazas fueron siempre espacios de reunión en donde distintas generaciones compartían un mismo tiempo y un mismo lugar; en cambio, hoy en día las plazas son más un lugar de paso que un lugar de encuentro, y han sido remplazados por los espacios virtuales. Es por esta razón que nuestro objetivo es poder volver a esa función primordial de las plazas: poder volver a re-llenarlas del sentido que el individualismo del nuevo siglo ha vaciado. Para esto, promovemos diversas actividades culturales en la plaza de los Inmigrantes en Olivos, y  siempre está abierta la convocatoria para todo aquel que quiera participar y formar parte de este movimiento. Además, a través de estas actividades culturales intentamos visibilizar ciertas problemáticas sociales que ocurren tanto en el barrio como fuera de él pero que nos afectan a todos como ciudadanos. Ninguna de nuestras actividades tendría sentido por fuera de la participación de los vecinos, y para esto es necesario que haya un conocimiento por parte de ellos de nuestras actividades e ideas. Aquí es donde aparecen los medios de comunicación como medios y no como fines en sí mismos. Nosotros queremos incentivar los encuentros cara a cara, pero para eso, es necesario que nos insertemos en estos espacios virtuales y utilicemos a éstos como herramientas para lograr difundir nuestras ideas y actividades y, además, poder tejer redes con otros colectivos que tengan objetivos similares.  
Si bien nos oponemos al aislamiento que generaron no sólo las nuevas tecnologías, sino especialmente un proceso histórico nacional que marcó el miedo a la participación ciudadana, consideramos que en el uso de dichas herramientas hegemónicas para estos fines nos permite combatir esas lógicas desde adentro.  Es primordial no olvidarnos de que estos medios funcionan como un puntapié para llegar al otro pero es necesario no quedarnos allí, sino utilizar esa herramienta y resignificarla para que el encuentro real, el lugar de debate, se produzca en la calle, cara a cara.

16 de diciembre de 2011

Cuestión de actitud


Tic. Tac. Vivimos rodeados de obligaciones, de compromisos, de agendas... ¿Por qué no hacemos algo que nos gusta? “No nos queda tiempo”, decimos. Sin embargo, vale preguntarse: ¿no será sólo una cuestión de actitud?
 
Pareciera que cada día fuera una especie dejavú cíclico, constante, incómodo. Corremos en ritmos acelerados que aparentan no dejar lugar al impasse, al stop, al descanso.
Decimos, entonces, qué bueno que sería poder contar con algunas horas más por día para leer un libro que nos gusta, para poder llamar a ese amigo que no vemos hace mucho, para escuchar ese disco o para charlar un rato más con nuestros hijos. Pero, ¿es una cuestión de tiempo real o sólo un asunto de organización?
Nos comprometemos con un sinfín de actividades que reclaman nuestra dedicación, pero pensemos que incluso cuando somos capaces de organizar nuestro tiempo, de permitirnos un espacio en nuestra rutina, sentimos que la vida se nos escapa, que ese tiempo podríamos utilizarlo en algo más productivo. Ya lo mencionaba en los `70 T. Adorno: “El tiempo libre es inseparable de su opuesto”, y así es. Organizamos el tiempo libre del mismo modo que el no libre, es decir, lo cronometramos estipulando horarios y actividades. Así, sin darnos cuenta, alimentamos ese círculo que no es real, si no que está en nuestros pensamientos, que nos aprisiona en una estructura que pareciera inmodificable.
Frente al “no puedo”, ¿qué hacer? En principio, tenemos que pensar que no hay ninguna cadena real que nos ate a nada. Es cierto que hay cosas que no podemos postergar porque no se trata acá de hacerle el juego al relativismo, sino de pensar que todo tiene un límite y ese límite lo ponemos nosotros, sobre todo, en nuestra cabeza; que es la estructura más difícil de romper.
En principio, podríamos empezar por estar atentos a nuestro propio radar emocional, a los pensamientos tales como son sentidos y a los sentimientos tales como son pensados. Escucharnos; tener en cuenta hasta dónde podemos, hasta dónde no, no sobreexigirnos. No se trata de hacer ninguna apología al hedonismo, sino de no dejar de lado nuestras propias percepciones.
Podríamos buscar abrir espacios en esos esquemas que parecen inamovibles. Elegir caminar por la plaza en vez de tomarnos el colectivo, por ejemplo. Evitar tapar los pensamientos con más pensamientos o el ruido subiendo el volumen de los auriculares. La solución no es el autismo autoinducido, sino la unión, pero la unión sincera, auténtica.
Tomarnos las cosas de otra manera, es sólo una cuestión de actitud. La elección es nuestra, depende de nosotros más de lo que creemos. No tenemos que mirar para otro lado ni preguntar qué hacer, sino hacerlo, entregarlos a la adrenalina de empezar de nuevo, a la picardía del encuentro, a la aventura de abrir una brecha en esa rutina pesada e inmóvil. Y, al mismo tiempo, darnos la posibilidad de equivocarnos; desarrollar la tolerancia al fracaso.
Decidamos ahora iluminar nuestro año y para eso empecemos por nosotros mismos: cambiemos la actitud.