16 de agosto de 2012

Carne y vida

Un cuerpo inquieto enredado en dos telas,
un cuerpo movedizo, errático.
Un cuerpo poroso,
un cuerpo deseado,
un cuerpo vedado por ser cuerpo.
Cuerpo sudado,
cuerpo ignorado,
cuerpo rozado con sabor a cuerpo.
Un cuerpo torcido,
un cuerpo maleado,
un cuerpo entrelazado con otro cuerpo.
Cuerpo boquiabierto,
inacabado,
cuerpo anhelado por ser cuerpo.
Un cuerpo escurridizo,
un cuerpo hallado,
un cuerpo y el mar en tu mismo cuerpo.

6 de junio de 2012

EN-CUENTrOS

Hoy: Café de París

Ella cruzó Azcuénaga esquivando un auto; le sonó el teléfono y se le cayó el abrigo. Lo levantó intentando no pisar a una paloma que caminaba haciendo zigzag entre sus tacones colorados. Acomodó su bolso en el respaldo de la silla y se sentó en una mesa de las que están en la vereda, justo en diagonal a la mía y al lado de la puerta principal del Café. Despegó una hoja de otoño de su tacón y pidió un cortado. Una media se le enganchó con el cierre de su cartera y le dibujó un rayón. Intentó estirar su vestido azul de terciopelo para que lo cubriera, pero terminó por cansarse y dejarlo al descubierto. Todavía tengo el recuerdo de sus medias color café atravesadas por una cicatriz pálida. Nunca más vi unas piernas como ésas.
Desparramó carpetas y papeles sobre la mesa de madera. Una birome se filtró entre las vetas y cayó al suelo. La pateó para acercarla y se acomodó sacudiendo su espalda y sus brazos como un perro recién salido del agua. Se puso a escribir de forma apretada y nerviosa, con la cabeza casi plegada sobre el pecho y un mechón amarillo que le tapaba los anteojos.
El aire que se producía por el abrir y cerrar de la puerta principal le pegaba en la cara como un soplido; tensaba y relajaba su mechón rubio como si estuviera manejado por algún titiritero encerrado hace siglos en la cúpula antigua de ese Café de Vicente López.
En la vereda había viento, pero no hacía frío; al menos no para mí que viví tantos años en el sur. Mi capuchino ya se había enfriado, pero el olor a canela todavía podía sentirse.
La ráfaga de aire que provocaba el tren cuando pasaba en frente revoleaba las hojas de otoño como si fueran papel picado. Pero ni el ruido de los rieles la despertaba de su escritura.
Dibujaba círculos en sus propias palabras y se mojaba los labios apretándolos entre sí. Los tenía secos y un poco pálidos. No usaba rouge ni tampoco aros. Su cara era igual a sus papeles: una hoja en blanco con todo su misterio y adrenalina. 
Estaba tan metida en su mundo, en sus letras y círculos, que no tenía que hacer ningún esfuerzo para esconder mi mirada. Algo de su postura triangular, de su manera de escribir como si estuviera cocinando, de su mechón autónomo y de su tacón desvencijado me imantaban; no podía dejar de mirarla.
Cuando llegó su cortado, parpadeó, dejó la birome y levantó la cabeza. Tomó la taza con las dos manos y sopló el humo empañando sus anteojos. Miró a su alrededor. La luz de los faroles antiguos contrastaba con la noche, las parejas paseaban por la vereda, el tren trotaba en frente, y su mirada se frenó ahí, justo en mi mesa. Me miró. Me desnudó. Me amó. Me odió. Sólo con sus ojos. Con esos ojos tan negros como su café, tan profundos como el abismo de sus piernas, tan ajenos a este mundo, pero tan suyos al fin. Yo me escondí con el diario y me asomé por arriba como un idiota. Ella sonrió levantando sólo el costado derecho de su boca. Tenía una sonrisa torcida, graciosa. Tapó su boca con la taza de café y sopló el humo hacia mí. Pero yo no pude aceptar su invitación y no hice más que cruzar la calle, esquivar un auto y olvidar mi abrigo, el mismo que me hizo volver a encontrarla al día siguiente en el Café. 

Celeste Gomez Wagner

9 de mayo de 2012

ERA DIGITAL: Re-pensar el encuentro


Cuatro puntos de vista sobre el encuentro en la era digital

En algunas oportunidades, al referirse al fenómeno de Internet, algunos pensadores lo comparan con la Imprenta, en el sentido en que generó (y sigue generando) una revolución en relación a los cambios que produce en nuestra propia subjetividad. Esto quiere decir que estamos viviendo, con la misma lógica de aceleración con la que se producen los intercambios, reconfiguraciones que nos modifican en tanto sujetos individuales y colectivos. En la red, en este nuevo espacio en donde convergen distintos medios y lenguajes, se abre un horizonte nuevo de expectativas, de deseos y de pensamientos que antes no eran posibles ni “pensables”.
Siempre que hablamos de tecnología, se abre un debate que nada tiene de nuevo y que se ha presentado en diferentes ocasiones de nuestra historia en donde un nuevo conocimiento fue capaz de poner en jaque alguna de las ideas o paradigmas que hegemonizaban el pensamiento de la época. Nos referimos a la contraposición entre aquellos que la conciben como un avance (para no entrar en el polémico “progreso”) y quienes la ven aún como una “amenaza” contra ciertas prácticas tradicionales.
Con respecto a esto me resulta interesante revisar qué concepción de tecnología subyace a ambas posturas, ya que éste puede ser uno de los ejes esclarecedores. Al indagar, encontramos que el debate se centra en la computación, telefonía móvil, etc, etc.
Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿es que antes de la aparición de dichos “avances”no existía la tecnología?
Para poder pensar en otro punto de vista acerca del tema, tomaremos hoy una concepción más amplia que entiende como “tecnología” todo aquello que prolongue nuestro cuerpo y nuestros sentidos (McLuhan). Esto nos permite pensar en algo tan sencillo como la ropa que sería, por ejemplo, la extensión de nuestra piel.
Sin embargo, muchos podrán rápidamente señalarme que esta definición lo único que hace es desplazar el problema, dispersarlo, ya que lo que realmente se constituye como el centro de la disputa son los efectos de dichos “avances” en la vida de las personas.
En este sentido, no podemos negar que las tecnologías influyen en la percepción que tenemos del mundo, ya que son parte de la rutina diaria de una gran parte de la población mundial. De hecho, a partir de la extensión de su uso, nuestra concepción del espacio y del tiempo se vieron transformadas: todo pareciera ser ahora más rápido, exigir de nosotros una atención (y conexión) permanente para “estar al día”; y, a su vez, los lugares parecieran estar más cerca.
La relación con un “otro”, obviamente, no escapa a este marco de mutaciones.
Alguien capaz de analizar los efectos psicológicos de estas nuevas prácticas podría profundizar el tema con mayor precisión y probablemente señalaría la tendencia hacia un repliegue de cada persona sobre sí misma, lo cual conlleva al individualismo, al miedo al contacto real con el otro, a la importancia de la estética (no nos olvidemos que las redes sociales son una estética por sí mismas), entre muchas otras problemáticas.
Sin embargo, y lejos de pretender hacer caso omiso a estas tendencias, propongo pensar también en los espacios que se abren en las distintas plataformas, donde muchos intercambian y comparten información con otros muchos (aunque, cuídese de considerar que decimos “muchos” y no “todos”, ya que así como esta lógica integra, también deja de lado a quienes no tienen la posibilidad de acceso), y en las nuevas formas de encuentro que se generan en dichos espacios.
Las comunidades virtuales, por ejemplo, conforman una nueva forma organizativa y constituyen una expresión de la dinámica que venimos explicando, promoviendo la participación y el acercamiento de los usuarios.
Es a raíz de estos nuevos contactos, de estas nuevas formas de debate y de construcción conjunta de la información, que hoy nos proponemos pensar en distintos tipos de encuentros que se generan en la red, de acuerdo a diferentes motivaciones y puntos de vista. Lejos de intentar abarcar todas las aristas, nos concentraremos en cuatro casos, pudiendo el lector agregar cualquier otro que crea conveniente. 

Celeste Gomez Wagner
celestegwagner@yahoo.com.ar


PUNTO DE VISTA COMERCIAL/PUBLICITARIO
Por Marcos Veleff (director de la revista “Punto y Aparte”)

Vender en la web

Debido al nivel de flujos que genera hoy en día Internet como herramienta, como emprendedor y empresario no sería razonable hacer caso omiso a sus posibilidades, encasillándonos en las formas más tradicionales. No se trata tampoco de cortar abruptamente con ellas, ya que tienen una trayectoria marcada en la propia subjetividad de las personas.
Sin embargo, hoy en día, Internet ha revolucionado las propuestas de comunicación y hay que aggiornarse para que nuestro negocio crezca y se fortalezca.
En el caso de Punto y Aparte en particular, con 21 años de vida en el mercado, nos hemos visto en la necesidad de renovar la propuesta para poder brindarle al cliente un servicio más integral que no deje de incluir el producto con el que nos identificamos, pero tampoco quede en desventaja con respecto a otras alternativas.
Considerando la importancia (y efectividad) que ha adquirido el mundo digital, diseñamos una propuesta que se ajusta a las necesidades del auspiciante, de manera de utilizar la rapidez, los bajos costos y la enorme llegada que tienen los nuevos medios.
Las comunidades virtuales (como Facebook o Twitter) ofrecen un espacio ideal para construir una imagen personal (tengamos en cuenta que en estas nuevas plataformas lo que más predomina es la imagen) y establecer contactos con potenciales clientes, lectores o colegas. En esa construcción de imagen, en esa búsqueda de conexiones y de aportes en cuanto a contenido, hay que encontrar los caminos para establecer una relación comercial que no implique la publicidad de manera agresiva y directa (spam).
De todas formas, sabemos que adentrarse en esta nueva alfabetización exige trabajo, constancia y tiempo. Tiempo para conocer la herramienta, para saber cuál es la mejor manera de publicar, cuáles son los contenidos que más le interesan a los lectores internautas cuya mirada es veloz y dispersa; tiempo para conocer cómo lidiar con los ritmos rápidos y con los caudales de información enormes y fragmentados.
Pero la idea es no tenerle miedo. En principio, para cualquier emprendedor y sobre todo para los que crecimos fuera de esta lógica, es un trabajo de aprendizaje, de prueba y error; pero a fin de cuentas los resultados son eficaces, ya que en unos pocos segundos, muchas personas pueden estar compartiendo contenidos con nosotros, creando así, una comunidad más allá del espacio físico del barrio, una comunidad que expande sus propios límites y que permite hacer de Punto y Aparte un proyecto más participativo.


PUNTO DE VISTA ACADÉMICO
Por Agustina Migliorini (profesora-ayudante UBA)

Comunidades virtuales como extensión del aula

¿Cuántos usos distintos se pueden asignar a los nuevos medios? Evolucionamos a la par de aquellas herramientas que creamos y nunca volvemos a ser los mismos. El ritmo de nuestras rutinas, las preguntas cotidianas y las relaciones personales se reconfiguran y toman caminos alternativos. Si los medios funcionan como una prolongación de los sentidos, ¿por qué no pensarlos como una posibilidad para extender el trabajo en el aula?
Hoy en día las distintas plataformas a las que se puede acceder a través de Internet nos permiten crear un espacio de debate. Brindan la oportunidad de superar el límite horario planteado por las clases y continuar la puesta en común y el trabajo colaborativo desde la pantalla. Las comunidades reúnen consignas, inquietudes, disparadores, notas de interés, insumos y críticas constructivas. A través de la apropiación y resignificación de contenidos es posible potenciar la creación de proyectos donde los conceptos, la iniciativa, los consumos culturales, la creatividad, el compromiso y las ventajas que ofrece cada herramienta para generar experiencias mediáticas, conforman un “cóctel” en continuo proceso de experimentación, capaz de reinventarse y cuyo potencial se pone en juego todos los días.


PUNTO DE VISTA SOCIO-HISTÓRICO

Proyecto Malvinas30

“Malvinas30” es un documental interactivo que cuenta con el apoyo de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, y que se propone a través del uso de herramientas digitales, re/vivir los acontecimientos de la Guerra de Malvinas, tal como sucedieron durante el año 1982. Se trata de un documental “transmedia” experimental en el que cada plataforma utilizada en el proyecto tiene una producción propia para que el conjunto de realizaciones formen un todo homogéneo.
La interactividad de Malvinas30 se centra en la participación activa de los usuarios concebida como uno de los ejes principales del proyecto.
La propuesta es romper con el esquema tradicional documental; Malvinas30 cuenta lo que está pasando, el presente del año 1982; es una suerte de máquina del tiempo virtual que propone un acercamiento no tradicional a uno de los hechos más controvertidos de la historia argentina reciente a través de la tecnología digital.

Cómo buscarlo:

T: @Malvinas30
@SoldadoM30
F: Malvinas30
Sitio: www.malvinastreinta.com.ar
Mail: malvinas2012@gmail.com


PUNTO DE VISTA SOCIAL-VECINAL
Por Dolores Rodríguez Villegas (Estudiante Cs. De la Comunicación – UBA- Miembro de “Tren Cultural Raíces”)

La web como espacio de acción: Tren Cultural Raíces

Nosotros somos Tren cultural Raíces, un grupo de vecinos autoconvocados, que quisimos movilizarnos en esta era de crisis de los encuentros cara a cara. El uso masivo de las nuevas tecnologías y la gran oferta de medios de comunicación han puesto en jaque a los espacios tradicionales de encuentro.
Las plazas fueron siempre espacios de reunión en donde distintas generaciones compartían un mismo tiempo y un mismo lugar; en cambio, hoy en día las plazas son más un lugar de paso que un lugar de encuentro, y han sido remplazados por los espacios virtuales. Es por esta razón que nuestro objetivo es poder volver a esa función primordial de las plazas: poder volver a re-llenarlas del sentido que el individualismo del nuevo siglo ha vaciado. Para esto, promovemos diversas actividades culturales en la plaza de los Inmigrantes en Olivos, y  siempre está abierta la convocatoria para todo aquel que quiera participar y formar parte de este movimiento. Además, a través de estas actividades culturales intentamos visibilizar ciertas problemáticas sociales que ocurren tanto en el barrio como fuera de él pero que nos afectan a todos como ciudadanos. Ninguna de nuestras actividades tendría sentido por fuera de la participación de los vecinos, y para esto es necesario que haya un conocimiento por parte de ellos de nuestras actividades e ideas. Aquí es donde aparecen los medios de comunicación como medios y no como fines en sí mismos. Nosotros queremos incentivar los encuentros cara a cara, pero para eso, es necesario que nos insertemos en estos espacios virtuales y utilicemos a éstos como herramientas para lograr difundir nuestras ideas y actividades y, además, poder tejer redes con otros colectivos que tengan objetivos similares.  
Si bien nos oponemos al aislamiento que generaron no sólo las nuevas tecnologías, sino especialmente un proceso histórico nacional que marcó el miedo a la participación ciudadana, consideramos que en el uso de dichas herramientas hegemónicas para estos fines nos permite combatir esas lógicas desde adentro.  Es primordial no olvidarnos de que estos medios funcionan como un puntapié para llegar al otro pero es necesario no quedarnos allí, sino utilizar esa herramienta y resignificarla para que el encuentro real, el lugar de debate, se produzca en la calle, cara a cara.

16 de diciembre de 2011

Cuestión de actitud


Tic. Tac. Vivimos rodeados de obligaciones, de compromisos, de agendas... ¿Por qué no hacemos algo que nos gusta? “No nos queda tiempo”, decimos. Sin embargo, vale preguntarse: ¿no será sólo una cuestión de actitud?
 
Pareciera que cada día fuera una especie dejavú cíclico, constante, incómodo. Corremos en ritmos acelerados que aparentan no dejar lugar al impasse, al stop, al descanso.
Decimos, entonces, qué bueno que sería poder contar con algunas horas más por día para leer un libro que nos gusta, para poder llamar a ese amigo que no vemos hace mucho, para escuchar ese disco o para charlar un rato más con nuestros hijos. Pero, ¿es una cuestión de tiempo real o sólo un asunto de organización?
Nos comprometemos con un sinfín de actividades que reclaman nuestra dedicación, pero pensemos que incluso cuando somos capaces de organizar nuestro tiempo, de permitirnos un espacio en nuestra rutina, sentimos que la vida se nos escapa, que ese tiempo podríamos utilizarlo en algo más productivo. Ya lo mencionaba en los `70 T. Adorno: “El tiempo libre es inseparable de su opuesto”, y así es. Organizamos el tiempo libre del mismo modo que el no libre, es decir, lo cronometramos estipulando horarios y actividades. Así, sin darnos cuenta, alimentamos ese círculo que no es real, si no que está en nuestros pensamientos, que nos aprisiona en una estructura que pareciera inmodificable.
Frente al “no puedo”, ¿qué hacer? En principio, tenemos que pensar que no hay ninguna cadena real que nos ate a nada. Es cierto que hay cosas que no podemos postergar porque no se trata acá de hacerle el juego al relativismo, sino de pensar que todo tiene un límite y ese límite lo ponemos nosotros, sobre todo, en nuestra cabeza; que es la estructura más difícil de romper.
En principio, podríamos empezar por estar atentos a nuestro propio radar emocional, a los pensamientos tales como son sentidos y a los sentimientos tales como son pensados. Escucharnos; tener en cuenta hasta dónde podemos, hasta dónde no, no sobreexigirnos. No se trata de hacer ninguna apología al hedonismo, sino de no dejar de lado nuestras propias percepciones.
Podríamos buscar abrir espacios en esos esquemas que parecen inamovibles. Elegir caminar por la plaza en vez de tomarnos el colectivo, por ejemplo. Evitar tapar los pensamientos con más pensamientos o el ruido subiendo el volumen de los auriculares. La solución no es el autismo autoinducido, sino la unión, pero la unión sincera, auténtica.
Tomarnos las cosas de otra manera, es sólo una cuestión de actitud. La elección es nuestra, depende de nosotros más de lo que creemos. No tenemos que mirar para otro lado ni preguntar qué hacer, sino hacerlo, entregarlos a la adrenalina de empezar de nuevo, a la picardía del encuentro, a la aventura de abrir una brecha en esa rutina pesada e inmóvil. Y, al mismo tiempo, darnos la posibilidad de equivocarnos; desarrollar la tolerancia al fracaso.
Decidamos ahora iluminar nuestro año y para eso empecemos por nosotros mismos: cambiemos la actitud. 


3 de noviembre de 2011

Voracidad,

anotaciones vomitadas

Desde atrás hasta acá; desde acá al principio. Quién fui, qué soy, qué quiero... Creo que hay una parte en mí que nació fallada, que me pusieron mal, que sacaron de otro lado. Siento que busco compartir, amar, brindarme... es eso lo que me hace sentir bien, lo que me llena en todo sentido. Como esa niña que fui, que soy, que siempre voy a ser en el fondo, estoy enamorada del amor. Sí, soy de esas que tildan de cursis, de tontas, de sensibles... Pero para mí es algo intrínseco, es parte de mí, de mi cuerpo, de mi carne. Funciona como un grito que siempre está ahí, a veces callado, a veces furioso. Más o menos escuchado; más o menos disimulado; siempre está.
En esta época donde reinan los ombligos con forma de espiral, la superficialidad, la soledad, todos argumentan centrarse en sí mismos, como si estar totalmente solos fuera la fórmula para descubirse. Yo no creo que sea así. Y no que por eso sea un problema mío, de autoestima, de aburrimiento. No sé si soy yo la que está equivocada o si es este puto paradigma que tiene como ideal a un hombre/mujer autosuficiente, aislado, hedonista; o sea, frío, egoísta. "Primero ponete bien vos, después, enamorate". ¿Qué carajo es eso? Primero lo primero, segundo lo segundo: jerarquías, nada más viejo que eso. ¿No es lo mismo con distinto nombre? Noo, pero hoy la orden del día es priorizarse a uno mismo, en un gran "sálvense quien pueda" que llega también al plano del amor, de las emociones. Sí, porque las emociones, a pesar de tener un lugarcito alquilado en el cerebro, no se pueden separar de la razón. La dicotomía mente-corazón es una farsa sobre la que seguimos y seguimos dando vueltas.
Yo me pregunto si realmente tengo que dejar de esperar, de sentir, de amar... pero, ¿por qué? ¡Si es mi manera de ser! Por qué el juicio, por qué las recetas de cómo se supone que deberías vivir, qué se supone que deberías hacer a tu edad. No hay nada más arbitrario que la edad, de hecho. Es verdad, ser sensible es más difícil que armarse de una coraza porque se sufre, y mucho. Pero a la vez es más sincero, más osado... implica animarse. Tanto se habla hoy de animarse y qué cagones somos en tantas cosas. Dejamos que decidan los miedos, los prejuicios, los reparos justificándonos en "dejar fluir" (¿laissez-faise?) Yo no quiero (ni puedo) separar a mi corazón de mi cabeza porque soy un todo. No puedo pensar qué debería sentir o qué debería hacer; creo que en vez de eso es sólo es cuestión de tener la valentía de aceptar lo que se siente.
La voracidad es vista como desmedida, como irreal, como utópica, pero a mí me parece más utópico pensar que nadie necesita de nadie, que nadie aprende mejor con otro, que somos iguales solos. ¿Hasta qué punto transformamos a los demás es un cálculo de probablidades? Si me hacés bien, bien; si no, chau. Utilitarismo reencarnado, nada más que eso.
Somos seres sociales, eso no se puede negar, como tampoco podemos negar que somos animales también. Tenemos un radar emocional, elegimos, a veces como el orto pero elegimos. Y la mayoría de las veces, aunque se diga lo contrario por verguenza al qué dirán, elegimos con el corazón. Y nos deseamos, nos encontramos, nos separamos; y al hacerlo, crecemos nosotros mismos, más de lo que podríamos crecer estando solos, no tengo duda. Porque estando solos no tenemos quién nos sensibilice, quién nos toque el alma... sólo estamos ahí, el mundo y nosotros en un círculo de seguridad. Eso me parece más utópico y a la vez -contradictoriamente- real: es miedo, nada más humano que eso.
Hoy que las "búsquedas personales", el karma y el zen están a la orden, yo estoy cansada. No de que existan, porque las hay y las habrá siempre mientras haya hombres y mujeres que piensan y se buscan a sí mismos. Pero me pregunto qué pasó con esos hombres y mujeres que sentían, que se apasionaban, que luchaban por amor, que lloraban por amor... ¿Dónde están? Yo quiero ir ahí.

2 de noviembre de 2011

Per@s

Si me escurro entre las líneas de tu verso,
si exhalo en otro idioma tus palabras,
si levanto mis talones y te alanzo,
si no me alcanza el anzuelo de tu pelo,
si descruzo mis manos sobre tu pecho,
si me despecho por el grito de tu boca,
si no llego a saltar tus laberintos,
si me olvidara de las peras masculinas,
ya no habría hoy ni ayer;
"hasta mañana"

19 de octubre de 2011

Me enteré en un shopping


“No lo puedo creer”, me dijo lavándose el pis de la mano. Después se enjuagó la frente transpirada y el lápiz negro que le había dibujado ojeras de carbón. En cuanto salimos del baño, me compré el libro “Qué hacer” de Pablo Katchadjian.
El Shopping queda a unas pocas cuadras de mi casa. Suelo no ir, aunque esta vez no me quedó otra opción: es sábado y los demás negocios del barrio cierran a la hora de la siesta.
A penas entro, el olor a lavanda del desodorante de ambiente me hace estornudar. Veo a las personas entrar y salir como si se tratara de una especie de compuerta. Los que salen sienten el calor o el frío del ambiente con la fuerza de una trompada; mientras que a los que entran, se les aminora el paso. Puede percibirse como van relajando el cuerpo: las manos cuelgan a los costados de las piernas, las facciones se descomprimen, los pies son arrastrados por el piso como si algo en la entrada les produjera un efecto alucinógeno parecido a estar drogado o borracho, o ambas a la vez.
Las personas pasan por la puerta de entrada en efecto filtro: llegan con el ímpetu de un chorro de agua y se deslizan como gotas tontas y pegajosas que se chocan al caminar.
Nosotras no somos tan distintas, aunque desentonamos con los demás visitantes; eso es claro. Ella tiene un jogging gris y unas zapatillas de cordones verdes y yo, un pulóver con los puños desteñidos. A pesar de eso, nadie nos mira, ni siquiera las cuasi-señoras que discuten con sus hijas en un dialecto nasal poco entendible.
Nuestras zapatillas de suela de goma patinan en el piso encerado, de manera que ni siquiera tenemos que hacer fuerza para levantar los pies. La música funcional acompaña nuestra caminata; las plantas de plástico, las palmeras falsas y el olor a café forman nuestro paisaje. Sin embargo, aunque este gran útero está pensado para el disfrute, me siento inquieta, encerrada. Me pone nerviosa ver cómo la gente camina en cámara lenta, formando filas invisibles parecidas a las cuerdas de una guitarra, donde todos están afinados en armonía para que suenen como deben hacerlo.
En el medio del lugar, fuentes de agua escupida y acumulada entre la loza como si fuera un buche, amontonan niños que tiran ingenuamente monedas a cambio de deseos. Como una niña más, mi amiga cierra los ojos y aprieta en su puño derecho una moneda de diez centavos. Lo lanza y, al caer, el agua nos salpica la cara, corriéndole la pintura de los ojos. Después se sumerge en el fondo de la fuente, junto con los demás deseos pendientes.
Antes de llegar a la farmacia, quise comprar un libro, pero preferí acompañarla primero. Aún así, me distraje con los colores de un local y me quedé mirando uno por uno una decena de aros casi idénticos. Al fin y al cabo pareciera que una vez goteada adentro del tarro, no queda otra opción más que ser café al igual que el resto.
En el mostrador, ella tardó varios minutos en hablar. Mientras lo meditaba, me quedé mirando las estanterías de la perfumería. Me distraía su olor a transpiración tan fuerte que le marcaba un semicírculo amarillo en las axilas de la musculosa blanca.  
Después de pagar, miramos los pañuelos que tenían colgados en una especie de corbatero giratorio que al empujar crujía como los gritos agudos de esas mujeres de voz nasal que pasean por los pasillos.  
Antes de entrar al baño, compramos puchos y unos chicles de menta.
Una vez ahí, los papeles en el cesto, los espejos sin manchas de dentífrico, el jabón líquido con olor a limón, ningún pelo, ninguna toalla, ninguna revista, ningún olor, hacían de ése un baño neutro, blanco, insípido. No se parecía en nada al de mi casa, pero tampoco parecía un baño, donde históricamente hay olor a mierda y no a fruta.
Habrá habido en total, ocho personas delante del espejo. Algunas mujeres se peinaban; otras, se maquillaban; otras se lavaban las manos; dos o tres hablaban por celular; y una limpiaba lo que las demás tiraban al suelo.
Yo entré con ella para hacerle compañía. Mientras se bajaba la bombacha, me di vuelta y me apreté contra la puerta. Me puse a leer el envase de los chicles para pasar el tiempo, pero me distraía su imagen reflejada en las baldosas casi plastificadas. Con una mano se sostenía de la pared haciendo equilibrio y, con la otra, ponía la pipeta debajo del chorro de pis.
No sé cuanto tiempo pasó porque me distraje haciendo globos con el chicle y mirando los conductos de ventilación del techo, desde donde siempre imaginé que te espiaban. Escuché varias veces al chorro acabar y empezar de nuevo. Hasta que dio dos rayas.
Ella se levantó la bombacha, se abrochó el pantalón y se arregló el escote. Parecía que iba a llorar, pero no lloró. Parecía que iba a hablar, pero tampoco dijo nada, hasta que llegó al lavatorio para enjuagarse el pis de las manos. 



foto: RoseMarie M Camus 2010 Copyright ©